miércoles, 9 de septiembre de 2009

… Y LAS MASADAS SIGUIERON HUNDIÉNDOSE





Otro verano al caer, y muchas masadas, ¡ay! siguen cayendo, hundiéndose. Al recorrer los caminos y las carreteras del territorio del Parque Cultural del Maestrazgo, entre sus hermosos paisajes agrestes y dormidos, te topas aquí y allá con la paradoja de mases y corrales reventados, techos hundidos, puertas abiertas y vigas desprendidas sobre un montón de escombros, de piedras y tejas rotas.
La lista de masías derruidas es interminable: Las Erías, El Estrecho, El Galabardal, Casa Ramos, La Masada del Río, El Mas de Iranzo, Casa Herrera, La Masada Romero, La Masadica, La Clara… sólo en el término de Aliaga. Algunas de ellas aún las hemos conocido habitadas hace pocas décadas.
La impresión que producen estos hallazgos de ruinas y abandono es de inquietud y tristeza por lo que se ve y de indignación por lo que no se ha evitado. Cabe preguntarse que impresión es la que despiertan en viajeros, visitantes y turistas que han tenido el acierto de pasar por estos magníficos parajes.
Inevitablemente la pregunta surge: ¿cómo estamos permitiendo que ocurra esto? Difícilmente puede concebirse un fenómeno similar de los Pirineos para arriba, en la vieja Europa, a la que se supone que ya nos habíamos incorporado de pleno.
Ahora surge la deducción de que nuestro entorno social en general (con la honrosa excepción de algunas asociaciones culturales, cuya nómina personal debería ser más amplia) no valora suficientemente este patrimonio secular engastado en el paisaje y que forma parte fundamental del mismo. Tampoco parece que nuestros dirigentes estén dispuestos a reconocer –y a actuar en consecuencia- que el conjunto de todas las masadas y cada una de ellas por sí sola constituyen un valioso patrimonio de arquitectura rural, etnológico e histórico; una importante herencia cultural a la postre. Todo este legado material es un testimonio de unas épocas relativamente cercanas en que gente de nuestras tierras vivía de otra manera. La forma de vida podía ser más dura que la actual en el aspecto físico, pero era arraigada a la tierra, sostenible medioambientalmente, y más auténtica y acorde con los ciclos naturales. Aunque sólo sea como reconocimiento y homenaje a estas generaciones de masoveras y masoveros, las masadas, todas, deberían, deben conservarse.
Para que las masadas no sigan hundiéndose y para conservarlas en un estado aceptable de presentación, se pueden poner en práctica medidas que, al remate, fomentarían la creación de empleo, del cual se ve tan necesitado nuestro Teruel Interior. Todo ello pasaría por la inversión de presupuesto público y la materialización de iniciativas privadas.
Los escombros pueden ser retirados y las ruinas fijadas para detener su avance. Algunas masías pueden convertirse en museos etnológicos o temáticos relacionados con el entorno natural. Podría promocionarse su venta, antes de que el deterioro fuera irreversible, entre paisanos y foráneos para disposición de segundas residencias, como se ha hecho exitosamente con algunos molinos. Podrían ser convertidas en casas de alojamiento rural... Todo menos dejarlas hundirse.

Gonzalo Tena Gómez

1 comentario:

Anónimo dijo...

me ha gustado mucho tu artículo, tal vez también porque eso mismo me lo he dicho un millón de veces cuando te encuetnras por tierra una masada que, más que un mero edificio, es una verdadera máquina de supervivencia en su medio. Tanto por donde está colocada y orientada como por su distribución y distintas funciones que las partes de la casa cumplen. Como si fuera un organismo o una "máquina".

Un saludo y a ver si no nos llegan demasiado tarde las influencias conservadoras (¿suena a preferencia política? pues no lo es).

Juan Carlos Navarro