lunes, 5 de octubre de 2009

DEBATE SOBRE LA DESPOBLACIÓN RURAL EN TERUEL (I)




La distinta evolución de los pueblos grandes y los pequeños


Este es el primero de varios artículos sobre la despoblación y el envejecimiento de la provincia de Teruel, firmados por miembros del Colectivo Sollavientos y que son el resultado de un intenso debate dentro del grupo.

En las líneas que siguen mostraremos las referencias objetivas que servirán de punto de partida para el debate: la evolución del padrón. Se observa que después de un siglo de decadencia las localidades más grandes se están recuperando o al menos manteniendo, mientras que las más pequeñas siguen cayendo. De ello y de otras razones el autor deduce la previsible desaparición de numerosas pequeñas localidades a largo plazo, salvo que se concedan grandes ayudas para nuevos pobladores, de forma que en su opinión es probable que los habitantes de la provincia se agrupen en núcleos de mayor tamaño que los actuales.

Artículos posteriores tratarán otros aspectos de la cuestión, como posibles circunstancias que puedan mitigar este deterioro demográfico, argumentos en contra de que sea probable esa desaparición de pueblos pequeños o iniciativas para conseguir que el medio rural sea más valorado.

De todos es conocido que nuestra provincia se ha vaciado de gente y la que queda está envejecida. A comienzos del siglo XX había 266.000 habitantes; hace ocho años se llegó al mínimo, con poco más de la mitad. Desde entonces la situación ha mejorado algo gracias a los inmigrantes, alcanzando en el último censo disponible, de 2008, la cifra de 146.000 habitantes, lo que representa una densidad media de 10 habitantes por kilómetro cuadrado.

Sin embargo esa mejoría es engañosa. Viéndola en detalle sólo afecta a la capital y a las localidades mayores. El deterioro de los pueblos pequeños no se ha frenado. De los 236 municipios de la provincia, 186 cuentan con menos de 500 vecinos; ciento quince tienen menos de 150 pobladores. En ese ochenta por ciento de pueblos que no alcanzan el medio millar de vecinos la población sigue disminuyendo, un nueve por ciento sólo en los últimos siete años y, por si fuera poco, envejece con rapidez. En 1996 no tenían más que un menor de treinta años por cada cuatro personas; el año pasado la proporción se había reducido a uno de cada cinco. En 85 de estos municipios no hay más que un niño menor de cinco años o ninguno.

Aun dando por hecho que se consiga sostener o aumentar la actividad económica en la provincia y con ella el volumen total de población, lo que es difícil de por sí, seguirá quedando en el aire el futuro de los pueblos más pequeños. Su decadencia está tan avanzada que parece irreversible, a pesar del intenso esfuerzo que se está haciendo por salvarlos.

La gran mayoría de sus habitantes ya no están en edad de tener hijos y los pocos que nazcan emigrarán, como han hecho los que les han precedido. Por ley natural la gente mayor irá muriendo en los próximos años. De ahí se deduce que, para que esa infinidad de pequeños pueblos se recuperasen, sería necesario repoblarlos con miles de parejas jóvenes, a las que habría que facilitarles trabajo estable, vivienda y ciertos servicios públicos en cada localidad sin los cuales no vendrían (escuela, médicos, comercios, centros de diversión…), lo cual no parece factible. Los jóvenes tanto naturales como inmigrantes quieren vivir en las ciudades y, como mucho, se conforman con vivir en pueblos grandes; es la experiencia demostrada.

En el conjunto de esos 186 municipios con menos de 500 habitantes viven unas 28.000 personas, la quinta parte del total provincial. Si se quisiera no ya aumentar su población a los niveles que tuvieron antaño, sino tan sólo reponer la que va a morir en los próximos veinticinco años, sería necesario repoblar con unos 15.000 jóvenes.

A este ritmo la decadencia se prolongará durante decenios. Se puede alegar que, mientras tanto, quizá aparezcan factores imprevistos que cambien la situación. Es cierto, pero esos factores desconocidos no pueden tenerse en cuenta en la ordenación del territorio. Creo que habría hay que contar con lo que se ve y con lo que parece más probable que vaya a ocurrir y plantearse con frialdad el problema y el camino a tomar.

Si se pretende con toda decisión mantener los pueblos pequeños habrá que otorgarles grandes ventajas –nuevos fueros los llaman- para que vengan pobladores. La otra posibilidad, en mi opinión, es aceptar que a largo plazo cambiará la forma de habitar el territorio, con menos localidades y más grandes y actuar en consecuencia. Esto no significa, como puede parecer a algunos, un cambio a peor es decir una previsión pesimista. Podría vivir la misma cantidad de gente en la provincia o incluso más y con mejor calidad de vida, pero en pueblos más grandes, como de hecho ocurre en otras partes de España. Que el cambio sea positivo o negativo para el interés de los turolenses y para la preservación del patrimonio cultural y natural dependerá de cómo se gestione la nueva situación.

JUAN PARICIO