domingo, 14 de febrero de 2010

PARQUE CULTURAL DEL CHOPO CABECERO EN ALTO ALFAMBRA (5)


LOS CHOPOS CABECEROS, UN REFUGIO PARA LA FAUNA


“El paisaje no puede entenderse sin considerar todos aquellos elementos perceptibles que lo componen. Esto es muy evidente en el caso de algunos animales que constituyen componentes acústicos o visuales importantes, como son ciertas aves e insectos, y en el caso de animales conspicuos que constituyen componentes característicos a los que deben gran parte de su valor y personalidad muchos paisajes del mundo (González Bernáldez, 1981)”.
En los desnudos terrenos de los altiplanos turolenses, los bosques galería no sólo suponen un importante elemento que rompe la monotonía del paisaje. Son indicadores de la presencia de agua, auténticos oasis longitudinales entre el secarral del cereal y las parameras, refugio para la fauna, un hábitat que cobija una rica biodiversidad.
El conocimiento de la fauna de este territorio, la mayor parte de las veces no llega del encuentro directo, sino a través de los relatos transmitidos oralmente, de abuelos a nietos, en las charlas al calor del fuego o recostados junto al río en las horas de siesta veraniegas. Así es como el lobo, a pesar de haber sido extinguido de estas tierras hace varios siglos, sigue estando en encuentros con el pastor, siempre cargados de terror, en el silencio de la nevada; la zorra continúa robando las gallinas del molinero, a pesar de que el molino se abandonó antes de la última guerra y apenas los zarzales dejan entrever sus últimas piedras; la comadreja vuelve a entrar en la conejera, donde las maderas se han carcomido y la tela metálica oxidada se retuerce en el suelo pedregoso de ruinas. Este imaginario forma parte de la cultura de las gentes que habitan en estos lugares y también de otras: de los que nos sentimos identificados con ellos.
La corteza de árboles viejos es cobijo de un sinfín de invertebrados, insectos que alimentan tanto a musarañas y erizos como a las comunidades de aves que acuden cada primavera a criar. El arbolado viejo (tan escaso en nuestros carrascales y rebollares rejuvenecidos y en los pinares de repoblación) se manifiesta en estos viejos chopos, en los que encuentran acomodo especies singulares como las que constituyen las poblaciones relictas de ciervo volante (Lucanus cervus). En sus oquedades anidan autillos, lechuzas y varias especies de pájaros carpinteros; así como encuentran abrigo culebras bastardas y lirones adormilados durante su hibernación. Con sus ramas cubiertas de hojas contrastan llamativas oropéndolas amarillas, o se camuflan torcecuellos mimetizados con su color de madera.
El dosel de arbustos que acompaña a los chopos aporta frutos otoñales para otros pájaros que recalan desde los fríos de Centroeuropa . Todas las variedades de zorzales y mirlos pueden observarse durante el invierno, y llaman la atención porque en esta época la fauna se agrupa en bandadas, que aportan ese elemento acústico del que hablábamos al principio, transcribiendo las palabras del profesor González Bernáldez. Los chopos desnudos se convierten en posaderos y dormideros de tordos, córvidos y tantos otros que encuentran en ellos un cobijo para pasar las noches gélidas.
Pero si hay una especie que aporta especialmente color y sonido a estos corredores ecológicos es el martín pescador (Alcedo atthis). Su canto y sus vivos colores recorren la superficie del agua en busca de pequeños peces que captura en sus zambullidas desde sus posaderos en las ramas que cruzan el río. También en primavera las eclosiones de crisálidas lanzan al aire cientos de mariposas de diversos colores que salpican el verde incipiente y se posan en el barro ocre.
La chopera es recorrida por toda una fauna que encuentra en estos simplificados bosques, ribereños caminos que conectan las diferentes masas de pinares y carrascales separadas por parameras y campos de cereal, , distribuidas como islas en la sierra.. Poblaciones de gato montés, tejón, gineta, turón y de otros mamíferos conectan y entrecruzan sus genes para evitar la endogamia que los condene a la extinción.
Choperas de cabeceros y fauna confluyen en una simbiosis para sobrevivir. Son un elemento de ese paisaje gestado por una cultura humana que ha usado este territorio, y lo ha modelado por un uso peculiar. La diversidad de especies vivas, de costumbres y de relaciones que hoy son parte inseparable de ese territorio, para algunos simboliza su identidad y constituye su medio de vida. A otros nos aporta una espiritualidad ante la vida.

Ángel Marco Barea*
Gonzalo Tena*

Fotografía: Torcecuello (Jynx torquilla)
Autor: Manuel Cayuela*


*Colectivo Sollavientos.

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