miércoles, 16 de noviembre de 2016

LA PEOR DESPOBLACIÓN





Javier Oquendo*

Mucho se habla en estos últimos tiempos, entendiendo como tal veinte años atrás, sobre las estadísticas de ciertas zonas de España, la disminución de sus habitantes, la limitación o desaparición de sus nacimientos, el elevado índice de mortalidad,  la creación de desiertos demográficos y cosas similares sacadas del INE o de estudios numéricos sobre tasas de población. 
Siendo cierto que es necesario tener estas referencias, casi siempre planteadas desde aulas o gabinetes que se encuentran en núcleos urbanos, en ocasiones demasiado poblados, no es menos cierto que se deberían abordar otras visiones menos científicas, pero quizás tan necesarias o más para comprender el verdadero drama de la despoblación en ciertas áreas rurales.
Lo peor es la despoblación de ilusiones, cuando en los núcleos pequeños se pierde el sentido de para qué mantener las cosas si nadie las va a disfrutar, sino vale la pena seguir mejorando porque no hay futuro y para qué dedicar esfuerzos y tiempo a un proyecto que tiene los días contados. Pasar los días con la esperanza de que toque la lotería de un proyecto que cambie las cosas es algo tan lejano e irreal como que el gordo caiga donde nadie ha comprado boletos.  Desde fuera se aportan ilusiones  tan transitorias que duran lo mismo que un espejismo.
Lo peor de la despoblación es la dispersión, pero no sólo de las personas por un territorio, sino de las ideas, de los anhelos, de los proyectos comunes. Las iniciativas quedan tan lejanas unas de otras, que cuesta darles cohesión. 
Lo peor es la despoblación de talento, pues al reducirse el número de pobladores, la simple estadística dice que el talento de los que quedan es menor, pero no tanto me refiero a esto como a que la mayoría de los jóvenes con capacidades salen a realizar sus estudios a la universidad y suele ser un camino sin retorno; su cualificación y su vocación tiene que realizarse en otros espacios o en todo caso con desplazamientos esporádicos para realizar su tarea desde los núcleos urbanos más próximos. La mayor pobreza de la despoblación es la pérdida de talento en el mundo rural.
La peor es la  despoblación del localismo, del hacer creer, para mantener los núcleos o los territorios, que no hay nada mejor y que todo lo que puede ser bueno se encuentra allí.  Una cosa es la identidad, el amor a la tierra y a las raíces y otra muy distinta no querer o que no quieran que se vea mas allá de las narices, no dejar mirar hacia afuera pensando que es renunciar a lo propio. 
Estas son las despoblaciones que siente el nuevo poblador y que le hacen desistir en muchos casos de su búsqueda de tranquilidad, de espacio abierto, de naturaleza. Todo ello lo encontrará, sin duda,  pero acompañado de estas rémoras ante las que hay que estar acostumbrado o acostumbrarse.
Es posible un cambio de tendencia, pero lo más importante no es acrecentar el número de pobladores en las estadísticas, ni aumentar la natalidad, cosa por otra parte complicada, sino vencer estas despoblaciones mentales y emocionales, que hacen difícil el asentamiento. 






*Colectivo Sollavientos

3 comentarios:

Serranía Celtibérica dijo...

Lo peor de la despoblación está en todo lo que ella conlleva.
Lo peor de la despoblación está en la necesidad de cambiar la tendencia, en ver al mundo rural como una oportunidad, como un modelo distinto al que conocemos,con enormes diferencias y valores.
Lo peor de la despoblación está en que hace falta tener otra mirada, un nuevo pensamiento y un lugar para llevarlo a cabo.
Lo peor de la despoblación, efectivamente, es que hay que educar de manera diferente ... y eso ... va a ser muy complicado. Muchisimo!!

José María dijo...

Totalmente de acuerdo con tu planteamiento, Javier. Creo que la llave está cuando dices en el último párrafo lo siguiente:"Es posible un cambio de tendencia, pero lo más importante no es acrecentar el número de pobladores en las estadísticas, ni aumentar la natalidad, cosa por otra parte complicada, sino vencer estas despoblaciones mentales y emocionales, que hacen difícil el asentamiento"
Desgraciadamente soy un poco pesimista con este asunto. ¡Ojalá me equivoque! Pero siempre se vuelve a lo mismo y los despachos están llenos de planes estratégicos territoriales que la mayoría de los casos han fracasado o no se han activado. Es verdad, hay que vencer la despoblación mental y emocional. Enfocar las actuaciones hacia esa línea, la única, la verdadera, la que importa.

Isabel Martinez dijo...

Si