domingo, 30 de mayo de 2010

EL FUTURO DE NUESTROS MONTES. LOS INCENDIOS FORESTALES EN LA PROVINCIA DE TERUEL (I)




FUEGOS Y DESIERTOS

En los últimos veranos estamos comprobando cómo, cada vez que se produce un gran incendio, hay un amplio despliegue de medios informando sobre sus efectos y del operativo movilizado para su extinción. Este verano, a la angustia y pesar que suponía ver arder miles de hectáreas de nuestros bosques, se añadió la alarma social derivada del desalojo de pueblos enteros y la irreparable pérdida de vidas humanas. Ahora, transcurridos ya varios meses, ha cesado el impacto mediático pero permanece el paisaje desolador y las graves pérdidas económicas y ecológicas.

En los grandes incendios la magnitud de los daños obliga a las administraciones a establecer líneas de ayuda para, aplicando el precepto constitucional de solidaridad, paliar las pérdidas. Líneas que, en función de las administraciones, pueden ser atendidas con mayor o menor rapidez y generosidad. Así, poco después de los incendios de este verano se establecieron ayudas específicas en Cataluña, Canarias, Castilla-León. Al parecer, la singularidad socioeconómica y ambiental de nuestras zonas quemadas no ha sido motivo suficiente para merecer una actuación específica y coordinada.

Se podrían aportar datos y evaluaciones sobre la magnitud del impacto de estos incendios en sectores como el turismo, la madera o la agricultura. Pero quizá un ejemplo ilustrativo de nuestra singularidad sea lo ocurrido con el sector ganadero, donde las pérdidas de pastos no han sido compensadas a los ganaderos, en lo que no deja de ser una paradójica marginación y agravio a un sector fundamental en nuestro medio rural.

Los efectos ambientales también son significativos. En otros ámbitos mediterráneos el fuego no suele originar un desastre ecológico ya que su vegetación ha desarrollado mecanismos de adaptación a esta perturbación. Sin embargo, el actual paisaje forestal turolense (al igual que otras zonas del interior peninsular) es fruto de los cambios socioeconómicos de las últimas décadas y está caracterizado por la continuidad y la acumulación de combustible. Esta situación está favoreciendo incrementos en la extensión, recurrencia e intensidad de los incendios, así como una mayor incidencia en zonas poco habituadas al fuego (cómo las zonas más mesomediterráneas de los incendios de Aliaga y Castelfrío), situaciones que pueden desencadenar procesos irreversibles de degradación. En nuestro contexto, la recuperación de las zonas quemadas tiene importantes limitaciones: suelos poco profundos, pendientes elevadas; limitaciones climáticas que ralentizan el crecimiento vegetal y, por tanto, dejan al suelo expuesto durante más tiempo a los agentes erosivos; comunidades vegetales singulares y muy frágiles (más de 2.000 ha de superficie quemada en espacios protegidos); miles de hectáreas quemadas con pino silvestre y laricio, especies prácticamente sin capacidad de regeneración después del fuego; alta intensidad de los incendios, afectando al banco de semillas; gran extensión de superficies a las que no pueden llegar los propágulos de dispersión desde las zonas limítrofes.

Limitaciones que todavía pueden verse agravadas por efecto del cambio climático. Contrariamente a lo que se pueda suponer, despoblación y abandono del mundo rural no serán garantía de conservación de nuestro medio natural. Al contrario, las previsiones apuntan a que, si entre todos no lo remediamos, la provincia puede sufrir nuevos y graves procesos de desertificación ambiental que retroalimentarán el proceso de abandono y marginalidad del territorio.

Realmente el escenario futuro puede resultar alarmista, pero todavía estamos a tiempo de evitarlo aplicando nuevas estrategias de gestión del territorio. Únicamente mediante medidas de apoyo integral al desarrollo rural se podrá romper la dinámica entre fuego y desertización. Por el contrario, si realmente no se afronta la problemática rural en su integridad, de poco servirán millonarias inversiones en medios de extinción o en restaurar zonas quemadas con planteamientos del siglo pasado. Ahora es el momento de anticiparnos al cambio.

Conscientes de la gravedad del momento, desde Sollavientos vamos a iniciar la serie de artículos “El futuro de nuestros montes. Los incendios forestales en la provincia de Teruel” con propuestas, ideas y opiniones para que, desde la reflexión y análisis sosegado, se promueva un debate en la sociedad turolense que nos permita abordar con garantías de éxito la recuperación de las zonas quemadas. Debate que no pretende cuestionar o suplantar al cuerpo técnico del Departamento de Medio Ambiente del Gobierno de Aragón, al contrario. Pretendemos enriquecer puntos de vista y aportar experiencias y conocimientos para que, entre todos, se puedan volver a teñir de verde nuestros montes.


José Antonio Alloza
Colectivo Sollavientos

jueves, 27 de mayo de 2010

JORNADAS PUERTAS ABIERTAS EN EL PARQUE GEOLÓGICO DE ALIAGA




Adjuntamos el texto de la Declaración de apoyo a la protección del Parque Geológico de Aliaga, que aprovechando la Jornada de Puertas Abiertas en el Parque Geológico de Aliaga, dentro de la semana de Geoparques Europeos (EGN Week) en el Parque Cultural del Maestrazgo, a celebrar en el día mundial del Medio Ambiente (5 de junio de 2010), se solicitará el apoyo de los asistentes y de aquellos que conocedores de la misma quieran sumarse a esta iniciativa.

DECLARACIÓN DE APOYO A LA PROTECCIÓN DEL PARQUE GEOLÓGICO DE ALIAGA
Los abajo firmantes, investigadores, docentes y aficionados a la Geología, reunidos en Aliaga, el 5 de junio de 2010, con motivo de la celebración de la Semana de los Geoparques Europeos 2010, declaran:

1º) El Parque Geológico de Aliaga representa una pieza sobresaliente del patrimonio geológico de Aragón. En un área reducida y de fáciles accesos aparece, magníficamente expuesta, toda una amplia y completa serie de vestigios de los acontecimientos más importantes que jalonan la evolución de la Cordillera Ibérica desde comienzos de la Era Mesozoica hasta la actualidad.
2º) Algunos elementos del Parque constituyen, además de valiosos tesoros científicos, lugares de alto valor estético y simbólico. Cualquier persona, aun no siendo conocedora en detalle de su origen geológico, es capaz de percibir el interés y el encanto de La Porra, La Olla o la Peña del Barbo. Como elementos del paisaje contemplados y admirados por la población local y por los visitantes, y a los que la curiosidad popular ha otorgado topónimos específicos, son parte del patrimonio natural, cultural y espiritual de nuestro territorio.
3º) La Porra es un monolito de caliza marina del Cretácico inferior, una porción de estrato vertical aislado por la erosión en la margen del Río de la Val. La Olla es un pliegue de eje vertical que afecta también a las formaciones marinas del Cretácico inferior, producto de la superposición de dos plegamientos sucesivos; constituye un ejemplo de estructura tectónica de importancia mundial, y uno de los seis lugares de interés geológico destacados de todo nuestro país por la obra “The Geology of Spain” publicada por la Sociedad
Geológica de Londres. La Peña del Barbo se encuentra en el Estrecho de la Aldehuela, cañón que el Río Guadalope atraviesa entre Aliaga y el embalse de la antigua Central Térmica, y donde aparecen numerosos pliegues de eje vertical que afectan a las calizas y dolomías del Cretácico superior.
4º) Muchos son los investigadores que a lo largo de las últimas décadas han contribuido al conocimiento de la geología de Aliaga. Esta zona constituye una inagotable fuente de información científica y ha sido objeto de un elevado número de publicaciones especializadas. El volumen de todo ese conocimiento científico, junto a sus condiciones naturales, han hecho del entorno de Aliaga un laboratorio de aprendizaje de la Geología altamente valorado por universidades españolas y europeas que programan aquí sus actividades didácticas. Los resultados de esos estudios deben servir de base asimismo para una cada vez mejor comprensión y valoración de este singular espacio por parte de la sociedad y de la Administración.
5º) El Parque geológico de Aliaga goza de reconocimiento como parte del Parque Cultural del Maestrazgo, miembro a su vez de la Red de Geoparques Europeos (European Geoparks Network) y de la red Global Geoparks de la UNESCO. No obstante, la peculiaridad que presentan los tres elementos mencionados (La Porra, La Olla y la Peña del Barbo) trasciende el propio interés científico. Su valor escénico y a su potencialidad para atraer la atención del visitante y facilitar la acción divulgativa a la que se orienta el Parque Geológico merecen la aplicación de una figura de protección como es la de Monumento Natural.
6º) En consecuencia, solicitamos a las Administraciones competentes que tomen las iniciativas necesarias para declarar La Porra, La Olla y la Peña del Barbo-Estrecho de la Aldehuela como Monumento Natural, con entidad única en el marco del Parque Geológico de Aliaga, y al amparo de la legislación estatal y autonómica sobre espacios naturales protegidos.

domingo, 16 de mayo de 2010

PARQUE CULTURAL DEL CHOPO CABECERO EN EL ALTO ALFAMBRA (y 12)




Un lazo indisoluble: Patrimonio cultural y paisaje

Cada paisaje, para bien o para mal, pone al descubierto y explica al mundo la Cultura y calidad de quienes lo habitan. Es nuestra fotografía colectiva, nuestra casa común. 

En la Convención sobre la protección del patrimonio mundial, cultural y natural o Carta de Venecia (1972), UNESCO advertía a los Estados de graves amenazas que se cernían sobre el Patrimonio Cultural y Natural y la necesidad de protegerlos. Aunque en ella daba prioridad al auxilio de elementos únicos en peligro de desaparición/ destrucción con su declaración como Patrimonio de la Humanidad, no es menos cierto y para el diario acontecer menos importante, que reconocía ya indisoluble el vínculo existente entre patrimonio cultural y natural. También el Consejo de Europa ha luchado contra el llamémosle ostracismo mental de la sociedad hacia el Medio Natural, extendiendo ese concepto global de patrimonio a todo lo que concierne la interrelación del hombre con el entorno que crea con sus intervenciones y del que se nutre. Porque el paisaje se crea –o se destruye- a través de la acción secular de la mente, las manos, sensibilidad e inteligencia del hombre o los meros intereses de unos cuantos. Esa realidad hace a los humanos responsables de la tierra que tenemos, vemos, respiramos y dejaremos a nuestros “queridos sucesores”. Y no es menos cierto que el ser humano, único animal que constantemente tropieza en la misma piedra, sólo al tener el peligro encima -e incluso entonces cegado por la avaricia y la soberbia mira torpemente hacia otro lado- ve la consecuencia de sus errados actos. Por eso tras largos debates desde 1994, el 21 de marzo del 2004 entró en vigor la Convención Europea del Paisaje de obligado cumplimiento. En él se da especial interés al “paisaje ordinario”, al que todos tenemos. 

Y precisamente quienes lo habitamos deberíamos ser sus mayores guardianes y defensores, porque de la calidad y conservación de esa tierra y sus elementos culturales depende nuestra calidad de vida. Depende la comprensión y valoración de quienes somos y cómo serán nuestros hijos. Claro que sólo al ratificar esos Convenios –y tardan en hacerlo- los estados están obligados a identificar, proteger, conservar, rehabilitar y transmitir a las generaciones futuras el patrimonio de ambas clases que existan en sus territorios, garantizando, mediante todos los instrumentos y medios a su alcance, dichos fines. Sería conveniente pues que, entre las obligaciones como amantes padres-administradores del porvenir, fuéramos conscientes que el Patrimonio-vida no tiene precio y, vigilantes de algo tan importante que a través de la cadena biológica llega a afectar nuestra salud, no puede comprarse ni tiene vuelta atrás. 



LUCÍA PÉREZ GARCÍA-OLIVER
Colectivo Sollavientos

viernes, 14 de mayo de 2010

PALABRA DE HONOR

Transcribimos esta entrevista que publica El Periodico de Aragón, en la que el Periodista Joaquín Carbonell charla con José Luis Simón (miembro de Sollavientos).






José Luis Simón: "En Teruel tenemos gentes, talentos, valores, y fuerzas".





Sollavientos (Google) es un agitador del nombre de Teruel. Una peña de opinión que trabaja por elevar los valores de la provincia. Nuestro invitado es geólogo, Profesor en la Universidad de Zaragoza.


14/05/2010 Joaquín Carbonell


--¿Una debilidad de Teruel es que es una provincia muy grande?
--Es grande para los habitantes que tiene, muy grande. Pero no lo veo como una debilidad. Tener un territorio amplio y variado es una riqueza, otra cosa es cómo lo manejes... Yo tengo la percepción de que en Teruel estamos identificados con nosotros mismos, y desde luego mucho más que con Aragón y su conjunto.

--¿Incluso en esas zonas donde solo se mira a Valencia?
--La fachada que mira hacia Valencia, se siente más turolense que nadie. El hecho de estar en esa situación, en ocasiones residiendo en Valencia, les hace sentirse más turolenses.

--¿Qué cosas y signos exportamos o atraemos?
--Los clásicos son el aceite, el jamón, las trufas, el melocotón de Calanda. En el plano turístico, todo lo que es patrimonio, desde el mudéjar, a los pueblos del Maestrazgo, Albarracín. El propio paisaje, donde uno puede esconderse. Los pueblos pequeños, todo lo contrario al modelo de urbanización y turismo de la costa. Hay pueblos por rehabilitar que ofrecen una calidad de vida fantástica.

--Le aporto mis valores: Dinosaurios, Voleibol Teruel, Poborina Folk.
--Completamente de acuerdo. No he estado nunca en Poborina y este verano quiero ir, y me parece estupendo que una persona sola haga eso. Añade las Bodas de Isabel, que es una idea redonda. Y la recuperación de la laguna del Cañizar, en Villarquemado.

--Lo del voleibol CAI creo que ha proporcionado más autoestima que todos los gobiernos juntos.
--Sin duda; es un movimiento social, donde cuatro mil aficionados se reunen en los Planos, que supone el 10% de la población. En un deporte que no es fútbol.

--¿Ustedes siguen aumentando también su número de fans?
--No mucho... Estamos estabilizados y nos encantaría tener más miembros. Ni siquiera hay que ser de Teruel para estar en nuestro colectivo. Somos en realidad una tertulia, tratando de crear opinión. Nosotros creemos en el trabajo en red.

--¿Pese a que esta entrevista es en positivo, que es lo más negativo de Teruel?
--¡Ay! El victimismo. ¡Ya vale! Tenemos que pensar ante todo que lo que nos tengamos que ganar, lo tenemos que ganar entre todos. Tenemos gentes, talentos, valores, y fuerzas para poder hacerlo. Y que para lograrlo hay que colaborar, no poner la mano para que nos echen nada.

--Da la sensación de que en Teruel siempre se han esperado las soluciones de fuera.
--A ver si arreglan los caminos... A ver cuándo nos toca. Hay que romper un poco eso.

lunes, 10 de mayo de 2010

PARQUE CULTURAL DEL CHOPO CABECERO EN EL ALTO ALFAMBRA (11)


Sentimientos que inspiran los Chopos Cabeceros junto al río
Los chopos cabeceros, Pópulus nigra, majestuosos, altos y gruesos, tienen coloridos muy variados desde el verde intenso en primavera al amarillo oro en el otoño, pasando por una desnudez en invierno que deja entrever, con sus ramas sin hojas, el paisaje que queda detrás.
El chopo cabecero es un símbolo importante en el paisaje de Teruel, un árbol que inspira sentimientos de bondad. Hace varias décadas aportaba una materia prima, la madera, de gran utilidad en la vida cotidiana de las personas que trabajaban en el campo. Resultado de una antigua actividad agroforestal, estos chopos son árboles trasmochos cuyas ramas, rectas y altas, eran empleadas para vigas en la construcción de casas, corrales y parideras, leña para los hornos de cocer el pan o para las estufas para calentarse y guisar, como estacas para las hortalizas trepadoras, utensilios para comederos de los animales, o sombras para descansar en la época estival el ganado ovino, caprino y vacuno, entre otros muchos usos. Todo el árbol tenía utilidad.
Estos chopos han jugado un papel importante en los ríos. Gracias a ellos las huertas se han salvado de ser inundadas; marcan el cauce del río con grandeza, con señorío, y más si ha existido un orden al plantarlos y se ha cuidado la poda. Si están podados en desorden, intercalados, pronto sufren las consecuencias, los de la sombra se inclinan buscando el sol, lamentando no estar a la altura de los que les proporcionan una sombra indeseada. El paisaje de los ríos está cambiando paulatinamente, los chopos desaparecen por las inclemencias del tiempo, por falta de cuidados; debajo de ellos están naciendo y creciendo enebros y sabinas, con los años existirán problemas en la poda, dado que las sabinas alcanzan gran altura.
Estos árboles son un patrimonio natural que se debe cuidar. Un claro ejemplo de una actuación que los ha perjudicado está en la cabecera del Guadalope. En la década de los 70 se arrancaron de raíz los chopos cabeceros a lo largo de un tramo de unos 3 km. Los sustituyeron por chopo canadiense, apto para explotación privada en bancales. A la vista está el deterioro del río: plantaron sarga para marcar el cauce y cuando hay crecida del río, las sargas y los materiales arrastrados obstruyen el paso del agua. El río va cada vez por un lugar diferente, lo que ha perjudicado a la fauna: truchas, topos, reptiles, anfibios y nutrias. Para estos animales el agua, las cavidades entre las raíces y la permanencia del curso por el mismo lugar son su seguridad y su refugio.
Sería conveniente que las instituciones públicas protegieran este patrimonio prestando la ayuda necesaria para podar los chopos. En este momento corren un serio peligro de desaparecer. Hay chopos a los que se les están secando los extremos de las ramas y si pasa una década más muchos desaparecerán y con ellos se perjudicará a la pirámide ecológica de esta zona; en los huecos de sus grandes troncos se cobijan numerosas aves e insectos. Sería conveniente actuar de inmediato en los chopos centenarios y después replantar donde se considere oportuno. La madera de chopo hoy en día no resulta rentable, por ello los propietarios no se hacen cargo de los cuidados que precisan estos árboles.
El chopo cabecero es una gran riqueza natural. Resulta agradable dar un paseo por un camino al lado del río y bajo su sombra, oír cómo el viento mueve sus hojas, descansar apoyado en su grandioso tronco, coger unas setas de chopo que están riquísimas guisándolas con su propia leña; cuántas historias albergan de nuestros antepasados. En la época de la siega su sombra era el lugar más propicio para comer y descansar. Si los campos de cultivo estaban alejados del domicilio, el chopo mantenía sus alimentos a la sombra más frescos; ir al domicilio a comer no tenía sentido por pérdida de tiempo, pues no había vehículos.
El paisaje es belleza, es el sentimiento que nos rodea. Somos hijos del esfuerzo de nuestros mayores; el paisaje es vivir, vivirlo sintiendo. Si no se siente, el paisaje está condenado, sencillamente porque es el desmoronamiento de la cultura, es la falta de sensibilidad lo que permite el ecocidio. Andamos anestesiados con relación a lo que nos rodea. Garcilaso de la Vega en un poema dice: “… si preguntado/ soy lo demás, en lo demás soy mudo”.
Somos el agua, la tierra, el aire, la energía, las raíces. Todos estos elementos vinculados viven dentro de cada uno de nosotros. Hay que apostar por estos árboles: que no desaparezcan y sean una riqueza que disfruten las generaciones venideras. Orgullosos del legado que ya recibimos ¿seremos capaces de dejárselos y enseñarles a cuidarlos? Hay que intentarlo.

Julia Escorihuela
Colectivo Sollavientos

martes, 4 de mayo de 2010

SOLLAVIENTERO




Soy de pueblo. Juro (del verbo jurar), ando, bebo, fumo, y juego al guiñote. Me gustan los toros y la cerveza. No soy listillo, ni lo quiero parecer. Leo libros y alguna vez ojeo el Marca (sección ciclismo).
Hablar, dialogar. Ese es el gran asunto pendiente de este país, de esta nuestra tierra. Todo se personaliza, se “visceraliza”, muchas veces por intereses particulares de los que “no dan puntada sin hilo”. Somos así, y actuamos de manera irracional cuando lo que se pretende por algunos colectivos como el nuestro es respetar precisamente los valores de nuestra tierra de manera racional, elegante y sin ninguna “verdad absoluta”. Debatiendo y reflexionando: ese es nuestro pecado. No se está en contra de extracciones y proyectos sin más, si no de extracciones ilegales y de proyectos que atacan la dignidad y el desarrollo futuro de la tierra. O al menos así lo entendemos nosotros.
En varios artículos ya se ha comentado el factor cultural de la despoblación. La gente nos equivocamos dando tanto poder a la economía. ¿Están convencidos los pueblos de que determinados proyectos de gran impacto una carretera solucionará sus problemas?. Si lo están, andan bastante equivocados. Ahí están las pruebas de muchos de esos desastres.
Hacer de un pueblo una urbanización, por ejemplo, es acabar con el pueblo. Es como si se despoblara. Pasa a convertirse en otra cosa. No hay medias tintas en la piel de toro.
Los “sollavienteros” tienen talante. Respetan a las gentes y al territorio porque son gente y territorio. Opinan, si, sólo faltaría, y siempre han acudido a las citas a las que se le ha llamado, tanto por su parte como por la de los demás. No somos neorrurales o gilipollas urbanitas. Somos mucho más. Gente que quiere transmitir su forma de decir y hacer las cosas. ¿Tan malo es eso?
La realidad objetiva es que determinadas prácticas están destruyendo el patrimonio paisajístico y ambiental, es decir, lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos. Si eso es lo que se quiere, que se diga, sin medias tintas ni falsas hipocresías populistas de ayuntamientos y diputaciones. Retorcer y malinterpretar intencionadamente nuestras palabras sólo causa daño y sólo busca culpables donde no los hay. Aunque a algunos grupos eso les venga muy bien, como ha pasado y pasará en otros pueblos.
Estamos dispuestos a debatir. A tomarnos un café con nuestros amigos de todos los pueblos de Teruel y desde el respeto discutir y aportar ideas. Lo demás son demagogias interesadas. No insultamos a nadie, aunque a veces nos sintamos insultados.
Soy “sollavientero” a mucha honra. Mientras tanto, cuando acabo mi jornada de trabajo cojo mi coche y me voy a mi pueblo de Teruel. Dejo las cosas en casa, como. Me doy un paseo y veo como la gente se envejece, cómo cada día hay menos parroquianos en misa, menos gente tomando cañas cuando acaba el trabajo… y sigo en mi ilusión de querer una tierra mejor, que no explote ilegalmente sus recursos, que ordene sus proyectos de futuro y que sea respetuosa con el medio ambiente. Y me vuelvo a la cama de mi casa, en mi pueblo, porque al día siguiente, como todo hijo de vecino, tengo que madrugar e irme a trabajar.



Víctor Guíu Aguilar, Poeta

Colectivo Sollavientos