domingo, 21 de junio de 2026

VALDECONEJOS, OTRO VALLE AMENAZADO



Cuando el viajero alcanza el puerto de San Just, dirección Teruel, tras dejar la encosterada ladera y los túneles carreteros de la N-420, se asoma a un pequeño valle que suele pasar desapercibido: la val de Conejos. Distraído por la permanente agitación de los aerogeneradores de las crestas de la Muela y por la discreta belleza de la estación del inconcluso ferrocarril Alcañiz-Teruel, se le escapará de la vista uno de los paisajes másarmoniosos y mejor conservados del Teruel interior.

Este valle de suave relieve se encaja entre unas durísimas calizas que forman un paisaje de lomas rasas y muelas, unas parameras que son el hábitat del rocín y de otras especies propias de las estepas magrebíes. Entre ambas lomas afloran arcillas y arenas, unos materiales apropiados para el cultivo. Tierras altas y frescas, de cosecha tardía, más segura, en el incierto clima de la montaña mediterránea.

Los antiguos labradores resolvieron sabiamente esta incertidumbre abancalando las laderas, rompiendo la pendiente, para favorecer la infiltración del agua de lluvia y conservar el frágil suelo, el capital. En los ribazos permitieron el desarrollo de vizcoderas y galabarderas, con el fin de estabilizar los taludes y de ofrecer ramón a sus ovejas, el motor económico de estas sierras desde el siglo XIII hasta la irrupción de la minería del carbón. Kilómetros de setos arbustivos se alinean en las laderas, ofreciendo hábitat a plantas, insectos y a otros animales, como el alcaudón dorsirrojo, más propios de las campiñas de la Europa atlántica. Los bancales, tan estrechos que les viene justo para entrar las cosechadoras, siguen sembrados de cereal y pipirigallo. Este conjunto de setos y terrazas es un paisaje tradicional vivo, representativo del perdido hace décadas en casi todas estas montañas.

En el fondo de valle, el arroyo de Medel se alimenta de la descarga regular de los pequeños acuíferos formados entre las arenas y las arcillas. Tal es la humedad que, pese a su corto recorrido, permite el desarrollo de un frondoso bosque de ribera con casi novecientos chopos y sauces cabeceros. Unos árboles cuyas ramas, regularmente cortadas, ofrecieron madera de obra para construir viviendas, pajares y parideras en una amplia contornada, tras la deforestación asociada a la economía ganadera. Unos árboles que fueron un recurso en la economía de las familias de labradores. Y también la base de una cultura, aún viva, declarada Bien de Interés Cultural Inmaterial por el Gobierno de Aragón. Estos árboles, tan robustos como veteranos, ofrecen alimento, refugio y vivienda a multitud de organismos, desde escarabajos especialistas a las águilas calzada o culebrera. Este paisaje agrario, de enorme belleza, que identifica a la cordillera Ibérica y que resulta único en Europa, fue el motivo de la celebración de la III Fiesta del Chopo Cabecero en 2011. El arroyo de Medel, tras ocho kilómetros de andadura, termina internándose en un hocino, otro paisaje espectacular, para alimentar al río Sargal, el refugio de una de las últimas poblaciones de cangrejo de río ibérico.

Extensas parameras, verticales cinglos, un oasis de chopos cabeceros, praderas naturales y cultivadas, terrazas con setos arbustivos, un río limpio y vivo, parideras y balsas ganaderas forman un conjunto de paisajes y agroecosistemas seriamente amenazado.

Un proyecto de mina a cielo abierto pretende explotar durante treinta años, si no son más, las arenas y las arcillas de la cabecera del valle para alimentar a la insaciable industria cerámica de Castellón. Otro rincón de Teruel que puede ser sacrificado para beneficio de otras tierras. Otra vez más. Valdeconejos ya ha cubierto con creces su aportación a la economía extractivista actual con su parque eólico. El territorio de las Cuencas Mineras, hace décadas. Ya ha se han reventado demasiados montes y valles, uno de sus valles más hermosos.

Chabier de Jaime Lorén

Ángel Marco Barea

(Colectivo Sollavientos)


miércoles, 17 de junio de 2026

Ciencia y defensa del territorio






Hace unos meses, el director en España de CIP, fondo de inversiones danés que compró a Forestalia el clúster eólico del Maestrazgo, se lamentó en una entrevista radiofónica de la falta de «rigor científico» de quienes se oponían a ese proyecto. Es frecuente que quienes promueven grandes proyectos energéticos, industriales o mineros se arroguen el respaldo de la ciencia, se identifiquen a sí mismos como adalides del progreso y vean a los ciudadanos inconformes como ignorantes cavernícolas. Pero, a poco que se ahonde en el contenido de los documentos que forman los expedientes administrativos, se advierte que eso es falso. 

A los cientos de páginas que componen habitualmente el estudio de impacto ambiental de un parque eólico o una mina de arcilla en nuestra provincia se contraponen muchas veces decenas de páginas de alegaciones presentadas por alguna organización civil, como el Colectivo Sollavientos o la Plataforma Paisajes de Teruel. Uno y otro documento contienen datos y razonamientos científicos que tratan de sustentar las bondades del proyecto, el primero, y sus debilidades o peligros, el segundo. La diferencia es que, desde hace años, estamos asistiendo a la preocupante costumbre de las empresas promotoras de presentar estudios muy deficientes, hechos con un “copia-y-pega” de otros proyectos previos o elaborados “en gabinete” sin pisar el terreno, que no resisten el más mínimo análisis de calidad. Quienes alegan son, en muchos casos, investigadores competentes del mundo académico que se apoyan en criterios y métodos científicos y en datos reales de campo.

Sonroja leer algunos pasajes de los descuidados informes geológico-mineros que sustentan solicitudes de explotación de arcillas, como el que se acaba de presentar en Valdeconejos y que pretende destruir un paisaje ancestral merecedor de conservación según el propio plan de ordenación urbana del municipio de Escucha. No superaría el aprobado en un trabajo universitario de fin de Grado. Sonroja ver los estudios de impacto ambiental de megaproyectos eólicos de Forestalia, como los del Maestrazgo o Albarracín, que revelan un pobre conocimiento del territorio y un descarado sesgo en los análisis. Sorprende también la permisividad (por no calificarla de connivencia) que la Administración brinda a esas malas prácticas. En las ventanillas donde se presentan las solicitudes debería haber funcionarios con conocimientos adecuados para detectar esas irregularidades y rechazarlas desde el inicio, ahorrando tiempo y recursos a las administraciones públicas, a los ciudadanos interesados y aun a las propias empresas. 

Frente a esa flojedad de los estudios técnicos que supuestamente avalan tantas iniciativas “de progreso”, emerge un bien trabado cuerpo de conocimiento que proporciona a las organizaciones en defensa del territorio algo más que argumentos sentimentales. Ese conocimiento ha sido generado o avalado por centenares de científicos de universidades, centros de investigación y sociedades científicas. Ahí está, por ejemplo, el manifiesto que muchos de ellos firmaron en defensa del patrimonio geológico y paisajístico del Maestrazgo y Gúdar, frente al proyecto del clúster eólico. El trabajo científico que hay detrás de los pliegos de alegaciones no se encuentra, en general, publicado. Sin embargo, si algún día se compendia, es probable que adquiera la dimensión de una “enciclopedia ambiental y territorial” de la provincia de Teruel. Sería un buen objeto de estudio para una tesis doctoral. 

Las organizaciones que defienden el territorio están ganando la batalla del conocimiento. No estamos ante grupos exaltados que se mueven por visceralidad, por rechazo infundado. No son hippies abducidos por el aroma de las margaritas. Son gente seria, que trabaja desinteresadamente, que se coordina a contrarreloj y, a pesar de ello, analiza los problemas con mucho más rigor que quienes redactan los estudios ambientales al dictado de las empresas. La ciencia está de su parte. La ciencia está de parte del territorio, no de quienes pretenden devastarlo.


Alejandro J. Pérez Cueva

José Luis Simón

Profesores universitarios y miembros del Colectivo Sollavientos


lunes, 25 de mayo de 2026

El Geoparque del Maestrazgo: donde el silencio no se oye












   

Hace cincuenta años, quienes en aquel momento trabajaban por la promoción turística del Maestrazgo difundieron un eslogan que llamaba la atención por el oxímoron que contenía: “El Maestrazgo, donde el silencio habla”. Eran los tiempos (curiosos tiempos) en que había una entidad interprovincial cuyo territorio de actuación abarcaba desde el Maestrazgo turolense al Maestrat castellonense, pasando por Gúdar, Els Ports, el Matarranya y el Bajo Aragón: la Mancomunidad Turística del Maestrazgo. Fue esta entidad, en colaboración con el Instituto de Estudios Turolenses, la que financió y publicó en 1983 un libro divulgativo que fue pionero en algunos aspectos: “Paisajes naturales de la región del Maestrazgo y Guadalope”. Sus autores éramos entonces tres jóvenes científicos entusiastas (quienes suscribimos este artículo y nuestro buen amigo Manuel Vivó), que desarrollamos en aquella pequeña obra dos tesis básicas. La primera: el territorio y el paisaje, más allá de ofrecer recursos materiales a sus habitantes, son susceptibles también de un “uso intelectual”. La segunda: el Maestrazgo turolense y castellonense son un solo paisaje que debemos conocer, divulgar y defender solidariamente.

Años más tarde, ese mismo ideario inspiró la creación del Geoparque del Maestrazgo, sobre la base territorial del Parque Cultural y, a la vez, en el seno de la Red de Geoparques Europeos. Fundada en Molinos en el año 2000, esta red busca que la geología se incorpore de forma explícita al patrimonio natural y cultural de ciertos territorios rurales de Europa como activo esencial para el desarrollo. Su ampliación en 2015 a la red Global Geoparks de UNESCO ha terminado dando a este movimiento una relevancia mundial. 

Como consecuencia de la reconfiguración administrativa de la España autonómica, la distribución de competencias entre comunidades, diputaciones, comarcas y municipios en materia de turismo generó un nuevo escenario en el que la Mancomunidad Turística del Maestrazgo perdía buena parte de su sentido. El hecho es que la entidad fue languideciendo hasta que, en 2012, las dos diputaciones provinciales acordaron su disolución por falta de actividad.

Afortunadamente, eso no ha impedido que la sociedad civil de las comarcas de ambos lados hayamos colaborado en la protección de su patrimonio medioambiental y paisajístico. Ese empeño común se ha puesto de manifiesto claramente ante algunas amenazas que en las últimas décadas se han cernido, y se ciernen, sobre estos horizontes. En 2012 hubimos de enfrentarnos a los esperpénticos proyectos de fracking de Montero Energy. En 2021, al infumable clúster eólico de Forestalia y su infraestructura de evacuación hasta Morella. En los últimos años, al enorme impacto ambiental y social que causan la desbocada minería de arcilla y el insufrible tráfico de camiones que produce en las carreteras entre ambas provincias.

Aunque restringido espacialmente a Teruel, el Geoparque del Maestrazgo es en este momento la imagen internacionalmente más visible del rico patrimonio natural de esta singular región. Si hay una entidad oficial que pudiera y debiera abanderar el movimiento social en su defensa, esa es el Geoparque. Si hay una entidad que debiera oponerse razonada y constructivamente a los proyectos que destruyen territorio, esa es el Geoparque.

Pero nuestro Geoparque del Maestrazgo permanece en silencio. Y no es el silencio, discreto pero elocuente, de aquel paisaje que la Mancomunidad Turística reivindicaba. Tampoco es el silencio de quien, confundido, no tiene ni encuentra argumentos para defender lo suyo. Me temo que es el silencio de quien, maniatado, sea bajo imposición externa o por autoimposición, ha de cerrar la boca. Una pena.


José Luis Simón

Alejandro J. Pérez

Colectivo Sollavientos