miércoles, 21 de octubre de 2020

ODS TERUEL 2030 (2): EQUIDAD EN EL HORIZONTE




No me siento capaz de encontrar una respuesta respecto al rumbo en que debe encauzar nuestra sociedad para persistir. Sin embargo, soy consciente de que andamos por el mal camino. Una parte de la sociedad consumimos compulsivamente más allá de lo que el Planeta puede resistir. La otra sobrevive sin llegar en muchos casos a cubrir sus necesidades básicas.

La ONU ha lanzado el reto de definir un modelo de desarrollo sostenible para el año 2030, abrir una ventana pensando en el futuro. ¿Cómo debe estar integrado el foro desde el que surjan ideas para salvar el Planeta de todos?

En el Norte somos voraces consumiendo materias primas. Saciados, vomitamos en el Sur no sólo nuestra basura,  también pretendemos civilizar a otros y en el proceso rompemos civilizaciones y originamos vacíos sociales que generan un gran sufrimiento a otros pueblos.

La tecnología, dirigida por el mercado, nos impulsa hacia un determinado modelo de desarrollo, diseña nuestras vidas y se convierte en motivo de fe para solucionar nuestros problemas. Al contrario que en las sociedades tradicionales, no son nuestras manos las que deben abrir el camino, nos creamos dependencia de la tecnología.

Vivimos en una sociedad de riesgos, término acuñado por el sociólogo Ulrich Beck. Hemos mejorado las condiciones de vida de nuestra sociedad. Nuestra confianza en el sistema es tal que asumimos los riesgos que lo acompañan.

Como escribió Saramago en su novela “Ensayo sobre la ceguera”, no somos conscientes del verdadero precio que pagamos por nuestro  modelo de vida: la explotación del Planeta, el expolio y opresión de grupos humanos  para obtener sus productos, la renuncia a nuestra libertad e intimidad  como tasa para acceder a la sociedad tecnológica de la información. 

Uno de los cambios experimentados por la aceleración  tecnológica ha sido un nuevo paradigma de estructura social que modifica la pirámide de población. Las sociedades desarrolladas envejecen y la cúspide apenas se sostiene sobre una frágil base. En los países emergentes la situación es inversa y ven marchar generaciones de jóvenes que buscan una oportunidad de futuro. Migraciones que no somos capaces de asumir y que interpretamos como amenaza frente a la que elevamos muros, rodeando de una coraza de hierro nuestros corazones para no sentir la culpabilidad sobre los miles de muertos que el cierre de fronteras origina.

Por otra parte, la falta de equidad de nuestras sociedades y los giros que la tecnología impone en los sistemas productivos incorporan una nueva clase social. La acuñó con el término de infraclase el sociólogo José Félix Tezanos, en el ensayo: “Sociedad dividida: estructuras de clases y desigualdades en las sociedades tecnológicas”, publicado en la última década del siglo pasado. La base de la pirámide incorpora un agujero por el que se cuelan a una bolsa, cada vez mayor, los desplazados del sistema. Población marginada por la falta de poder adquisitivo que le impide no sólo acceder a una vivienda digna, a sanidad… tampoco a una formación ni a la adquisición de instrumentos que hoy comienzan a ser imprescindibles para comunicarse e informarse en nuestra sociedad (ordenadores, telefonía móvil…).  Se suman a esta nueva clase social aquellos que después de haber vivido como clase acomodada en el sistema, la tecnología les aparta de su puesto de trabajo.    La infraclase asume el papel de fracaso, se autoinculpa de su situación y no traslada a la calle la injusticia social que sufre.

En la apuesta por ese horizonte del 2030 nuestra fe en la tecnología para resolver los retos que el futuro presenta a nuestra civilización olvida la definición de la comunidad a que queremos llegar. Satisfacer la necesidad de consumir los nuevos productos que el mercado nos ofrece supone una intensa niebla, como el smog generado por la contaminación de las ciudades, que nos dificulta la búsqueda de un camino a través del que reencontrarnos con los valores humanos.

Nuestra civilización, capaz de explorar el universo, debe regresar a meditar en torno a la solidaridad y compromiso que impulse una sociedad más justa. El mercado que mueve recursos financieros en la investigación para alcanzar esos logros tecnológicos que han revolucionado nuestra vida, no es capaz de lograr un reparto justo que establezca un modelo de estado de bienestar para el siglo XXI extensible a todo el Planeta, que no olvide el respeto a la diversidad cultural. Difícil reto que las máquinas no pueden aportarnos, al que como humanos no debemos renunciar, alcanzable si utilizamos el diálogo, el compromiso, los acuerdos y la responsabilidad, herramientas de las que disponemos.

El triunfo de la capacidad de desarrollarnos como individuos hemos de ser capaces de acompañarlo con un sentido de comunidad. Tenemos a la vez la responsabilidad de no denigrar los logros tecnológicos alcanzados. Hemos de utilizar estas herramientas para avanzar en formación y en comunicación. Es necesario consumir con responsabilidad. Disponer de alimentos saludables,  una vivienda digna, atención médica, educación…, debe ir acompañado de desarrollar un proyecto de vida.

La tendencia de la población a urbanizarse  genera inhumanas e insostenibles grandes ciudades. En ellas se gesta la ciencia, los movimientos culturales, las decisiones trascendentales…Pero quizás se olvida que hay vida tras sus murallas.

Mirando hacia el 2030 nuestros grandes avances tecnológicos no pueden llevarnos a encerrarnos en burbujas para protegernos del exterior. Si es así, habremos fracasado.

Es urgente una gobernanza que a nivel global vele por el respeto de culturas y establezca nexos de encuentro para sobrevivir. ¿Es posible un sentido de comunidad desde  macrosociedades? No tenemos más remedio que creer que sí, por lo que no sólo hemos de estar abiertos a incorporar a todos en el debate, sino que hemos de facilitar los medios para ello.

Desde Teruel deberíamos aportar más allá de, en ocasiones, injustificadas  peticiones de grandes infraestructuras, nuestra experiencia en la voluntad de encontrar el camino para seguir habitando  este espacio, con grandes valores culturales y naturales,  cuyas condiciones orográficas y climáticas  siempre han dificultado la habitabilidad; un reto en el que el sentido de comunidad ha aportado un pilar fundamental para lograr sobrevivir.

 

Ángel Marco Barea

Colectivo Sollavientos

sábado, 17 de octubre de 2020

Renovables sí, pero así no





 La ausencia de un Plan de Ordenación Territorial Integral (nacional y autonómico) lúcido y coherente con las necesidades ambientales, económicas y sociales, ha provocado a lo largo de las últimas cinco décadas, una gestión y desarrollo desordenado, muy a menudo ilógico, del medio rural, supeditándolo a las necesidades de los modelos urbanos a gran escala. Es así como se han elegido territorios rurales predominantemente naturales con escasa población humana, bajo valor catastral, aunque de muy alto valor ambiental, para ejecutar proyectos “de interés general” como la ampliación de la Red Eléctrica de España, cuyo impacto ha resultado nefasto para los pueblos, acrecentado la pérdida de biodiversidad, la despoblación y obstaculizando el asentamiento de proyectos empresariales innovadores ligados a la calidad ambiental del medio rural natural. 

La ausencia de un plan conjunto, con estrategias bien estructuradas, definidas y concretas, ha dado pie a que prevalezcan los intereses especulativos, perpetuando los monopolios energéticos y la corrupción de las élites políticas vinculadas. Es por ello que ahora, en la denominada “transición energética” se cambia de recursos pero no de modelo energético y económico, con lo que el medio rural vuelve a ser víctima de la burbuja financiera actual: las energías renovables. De nuevo, los territorios más despoblados, a pesar de su excelente calidad ambiental, están siendo elegidos para promover la construcción de centrales eólicas, eufemísticamente llamadas “parques eólicos”, con sus respectivas líneas de alta tensión, accesos e infraestructuras añadidas. Sin planificación ni evaluaciones estratégicas, por toda la España rural están siendo presentados multitud de proyectos de centrales eólicas y solares, perpetuando la generación eléctrica centralizada, es decir, a gran escala. Un modelo energético ineficiente y caduco, que sólo acarrea sinsentido, incongruencias administrativas y absoluta falta de respeto a los pocos territorios rurales naturales que nos quedan en Europa.

En concreto, en Aragón, el Decreto Ley sobre renovables es bastante deficiente y no ha pasado, como exige el marco europeo, por una Evaluación Ambiental Estratégica Aragonesa porque no existe. Como tampoco existen Planes de Gestión Aragonesa para las zonas de especial protección, ni Evaluación Adecuada para la conservación de cada uno de los espacios protegidos, entre otras deficiencias. El hecho de que Aragón carezca de planes de gestión para regular con eficacia los usos del territorio, está causando pérdidas importantes de Zonas de Especial Conservación (ZEC), entre otras figuras de protección; por lo que puede ser motivo de sanciones de la Unión Europea a Aragón, como indica la abogada ambiental Pilar Martínez. 

Nos encontramos pues ante dos prioridades relativas a la emergencia climática, para las que urge una planificación y ordenación territorial que integre sin contradicciones la transición energética hacia las energías renovables y la preservación de la calidad de los ecosistemas naturales (biodiversidad, conservación de los hábitats, espacios protegidos, paisajes rurales y naturales, etc.). Todos los elementos imprescindibles para la generación eléctrica centralizada de las centrales eólicas (gran voltaje eólico, máxima eficiencia energética por tanto, cercanía a los puntos de demanda/consumo, optimización de las infraestructuras, etc.) indican que no es el medio rural natural el territorio idóneo para su implantación, sino los territorios más urbanizados e industrializados, donde se ubica la mayor demanda y consumo. 

Convertir vastos territorios naturales en polígonos industriales, con la excusa del recurso eólico y el contrasentido de producir electricidad con energías “limpias” en zonas alejadas de las urbes donde va a ser consumida, fomentando el despilfarro al perderse buena parte en el transporte, ocasionando de vez degradación de los paisajes, despoblación rural y pérdida irreversible de biodiversidad, … ES UN EVIDENTE SINSENTIDO. 

Por tanto, sólo cabe apelar a la sensatez y a la responsabilidad de empresari@s, polític@s, jueces y ciudadanía en general, para transitar con decencia y justicia, hacia un modelo energético y económico que respete el vasto legado natural y cultural de los pueblos, supervivientes de décadas de ciego desarrollismo, y base de toda posible existencia. Existen otros caminos para lograr la transición energética. Es hora de corregir el rumbo y tender con firmeza hacia la generación distribuida o micro-generación, ello implica a corto y medio plazo la autogestión o soberanía energética de y en cada territorio. Renovables sí, pero no en cualquier lugar ni de cualquier manera. Y menos aún por mera especulación financiera.

“Renovables sí, pero así no.”

 VV.AA. Plataforma a favor de los paisajes de Teruel







viernes, 9 de octubre de 2020

ODS TERUEL2030 (1): LOS OBJETIVOS DE DESARROLLO SOSTENIBLE Y TERUEL



Los Objetivos de Desarrollo Sostenible planteados por las Naciones Unidas, se presentan como un gran reto para conseguir una sociedad mejor, ante las múltiples señales e indicadores que ponen de manifiesto las desigualdades, el hambre, los problemas ambientales y , en definitiva, la situación de riesgo que tiene el planeta y sus habitantes.

Según las propias Naciones Unidas: “La Agenda 2030 es el plan global para la erradicación de la pobreza, la lucha contra el cambio climático y la reducción de las desigualdades más ambicioso alguna vez adoptado por la comunidad internacional. Fue desarrollada sobre la base de consultas nacionales que llegaron a las poblaciones en mayor situación de vulnerabilidad de cada país, entre ellas cerca de 80 mil personas en el Perú, y fue aprobada por unanimidad por los 193 países de las Naciones Unidas. Su objetivo es claro: Lograr un mundo donde nadie se quede atrás”.

Se antecedente fueron los objetivos del milenio, que quedaron en nada al plantear propuestas excesivamente genéricas, muy abstractas y centradas en temas relacionados con el desarrollo económico. Su fracaso no desanimó a las Naciones Unidas y  lanzaron los 17 ODS y sus 169 metas, que no están centrados en aspectos económicos, sino que se abren a temas sociales y ambientales.

Una primera lecturas de los ODS y sus metas suscita la sensación de que se está ante una utopía irrealizable, pues son metas muy ambiciosas y a un plazo de consecución muy breve, ya que están planteados en su gran mayoría para el 2030, que bien pensado son poco más de diez años para terminar con la pobreza, con el hambre, con las desigualdades en la educación y la sanidad, con el deterioro del agua, los mares y el clima del planeta, trabajo y energía universal y reducción de cualquier tipo de desigualdad.

La alternativa a no buscar y trabajar por la implantación de los ODS es pensar en un planeta en el que las desigualdades entre países y personas cada vez sean mayores y hoy afectan a unos países, pero los ciclos cambian y pueden afectar a los que hoy se consideran ricos; también un planeta con unos recursos naturales y un clima que hagan imposible la vida en el mismo, por carencias y por alteraciones graves; un mundo dominado por cuatro grandes lobbies o fondos que dicten las normas y marquen los ritmos; en definitiva un mundo que se asemejaría a esas películas futuristas que presentan una situación caótica.

El reto es ir haciendo realidad los ODS desde lo más próximo y en nuestros entornos cotidianos, para que se consiga una gran bola que repercuta a nivel mundial. Esto no puede ser una tarea individual, sino organizada en colectivos y organismos públicos y privados que apuesten por su puesta en marcha progresiva,  que den respuesta a retos concretos y reales, a la vez que analiza la consecución de esas metas en el entorno más cercano. Empresas, ONGs, administraciones, gobiernos y muchos colectivos se han puesto manos a la obra para ir avanzando en esta utopía, algunos con más éxito que otros y algunos con más intención real que de lavar la imagen y hacer “odswhasing”.

Desde el Colectivo Sollavientos se quiere reflexionar y hacer propuestas de cómo podrían implantarse las metas de los ODS en la provincia de Teruel, como modelo de desarrollo de la misma y como propuesta de futuro para un territorio que más allá de sus limitaciones apuesta por el futuro común y lo pone en práctica en la realidad cotidiana.

También se abre la propuesta a quién quiera aportar sus ideas de cómo podemos conseguir la implantación de los ODS y sus metas en la provincia de una forma realista y concreta. Todas las propuestas serán consensuadas y debatidas para llegar a verdaderos acuerdos de trabajo y no a ideas individuales más o menos reflexionadas.

 

Javier Oquendo

Colectivo Sollavientos