miércoles, 9 de octubre de 2019

CRECIMIENTO vs BIENESTAR (IX) UNA PERSPECTIVA HISTÓRICA DESDE LOS PUEBLOS DE TERUEL: II) EL BIENESTAR





Los pueblos de las sierras turolenses fueron partícipes y protagonistas a lo largo de la Edad Media y Moderna de un movimiento secular de crecimiento, si bien no constante ni lineal. Básicamente lo hicieron a través de la formación y adaptación de sus sistemas agrarios, y una amplia apertura a los mercados y diversificación económica en las familias. Asimismo, dejamos planteado que parte de dicho crecimiento se orientó a lo que hoy denominaríamos ‘bienestar social’: servicios sociales, sanitarios, educativos, comerciales, etc.
Las actividades enfocadas al bienestar se vehicularon en parte a través de la caridad religiosa, las redes clientelares y el ámbito doméstico, donde, lo tocante a los cuidados, se adjudicó a la mujer. Sin embargo, desde el medievo, parte de la riqueza producida en las aldeas se dedicó por parte de concejos y comunidades a mejorar las
condiciones de los vecinos de los pueblos. En buena medida, estas primeras acciones consistieron en ayudas como entregas de cereal y exenciones tributarias ante calamidades. Hubo también tutelas y formación para huérfanos, ayudas para mutilados en guerras y, aparecieron, asimismo, instituciones hospitalarias, más típicas de cabeceras comarcales y ciudades que de pequeños núcleos rurales.
También se organizó a nivel local una panoplia de servicios que los concejos ofertaban en régimen de arriendo, básicamente molinos, herrerías y hornos. Esta nómina fue ampliándose en los siglos siguientes con establecimientos hosteleros y tiendas o “cajas” en las que se suministraban bienes de consumo (aceite, vino, hielo…). Dentro de los abastos resultó muy importante para las personas la formación de las tablas de carne o carnicerías concejiles, que se unió a uno esencial en sociedades ganaderas, el de la sal. Estos servicios atendían necesidades de orden productivo (piénsese en el trabajo de los herreros haciendo o reparando herramientas y herrando animales) así como de consumo y elaboración de alimentos básicos. Si bien se procuraba que los precios fuesen estables y por debajo de los de mercado, también era interesante el papel de las instituciones como organizadoras de una provisión que, de forma individual, resultaba más compleja (y cara) para el conjunto de los vecinos.
El dinero recaudado con los arriendos alimentaba las arcas de los concejos, un dinero, que, en parte, y junto con otros ingresos municipales, así como el proveniente del endeudamiento público, se gastó crecientemente en la provisión de más ‘servicios de bienestar’, sobre todo a partir del siglo xvi, cuando parece detectarse una diversificación y aumento de esta inversión.
En este sentido, proliferaron en los pueblos las ‘conductas’ (puestos de trabajo que ofertaban los concejos) relacionadas con la sanidad y la educación. De esta manera, ya fueran por sí mismos, o en conjunción con localidades vecinas más grandes, los vecindarios disfrutaron con regularidad de maestros de niños, médicos, boticarios, maestros-cirujanos, cirujanos-prácticos (practicantes) y albéitares (veterinarios), profesionales que no solían atender solos, sino que trabajaban apoyados en ayudantes y mancebos. Además, la red hospitalaria se amplió y se abrieron hospitales para pobres, aunque los concejos optaron en ocasiones por instituir legados píos para auxiliar a este tipo de población.
Habitualmente los ‘conducidos’ percibían una parte de su remuneración de las arcas municipales, y otra (lo más ajustada posible) de los vecinos que hacían uso de sus servicios. La gestión de estos ‘servicios de bienestar’, además de la cada vez más compleja labor de los concejos, fue uno de los motivos por el que crearon ‘empleo público’. Hay que tener presente que los consistorios ejercieron de agente fiscal, supervisor mercantil y fueron esenciales para la actividad económica local al administrar pastos, infraestructura ganadera, caminos y puentes, ampliar regadíos y ejecutar obra pública, como las sedes de los ayuntamientos y las traídas de aguas y fuentes tan frecuentes en nuestros pueblos. Así, se contrataron alguaciles, guardianes, pregoneros, recaudadores y secretarios, trabajos administrativos imprescindibles debido a la actividad desplegada, tal y como, por otra parte, refleja el hecho de que, en numerosas localidades, incluso en las pequeñas, hubiera notarios reales.
Salvando la necesaria contextualización conceptual, tecnológica y de las mentalidades que impone el hecho de que hablemos de estos períodos históricos, no deja de llamar la atención cómo las vecindades de nuestros pueblos optaron en diversos casos por atender a sus necesidades productivas, de consumo, educativas, sanitarias y de atención a situaciones calamitosas, organizándose de forma pragmática y cooperativa (incluso empática) merced a una apreciable autonomía económica, financiera y política. También es necesario recalcar la inserción de esta organización como causa y consecuencia de un trend de crecimiento económico secular, en el que, por tanto, crecimiento y bienestar no fueron incompatibles.


Ivo-Aragón Inigo
Colectivo Sollavientos

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