Hace cincuenta años, quienes en aquel momento trabajaban por la promoción turística del Maestrazgo difundieron un eslogan que llamaba la atención por el oxímoron que contenía: “El Maestrazgo, donde el silencio habla”. Eran los tiempos (curiosos tiempos) en que había una entidad interprovincial cuyo territorio de actuación abarcaba desde el Maestrazgo turolense al Maestrat castellonense, pasando por Gúdar, Els Ports, el Matarranya y el Bajo Aragón: la Mancomunidad Turística del Maestrazgo. Fue esta entidad, en colaboración con el Instituto de Estudios Turolenses, la que financió y publicó en 1983 un libro divulgativo que fue pionero en algunos aspectos: “Paisajes naturales de la región del Maestrazgo y Guadalope”. Sus autores éramos entonces tres jóvenes científicos entusiastas (quienes suscribimos este artículo y nuestro buen amigo Manuel Vivó), que desarrollamos en aquella pequeña obra dos tesis básicas. La primera: el territorio y el paisaje, más allá de ofrecer recursos materiales a sus habitantes, son susceptibles también de un “uso intelectual”. La segunda: el Maestrazgo turolense y castellonense son un solo paisaje que debemos conocer, divulgar y defender solidariamente.
Años más tarde, ese mismo ideario inspiró la creación del Geoparque del Maestrazgo, sobre la base territorial del Parque Cultural y, a la vez, en el seno de la Red de Geoparques Europeos. Fundada en Molinos en el año 2000, esta red busca que la geología se incorpore de forma explícita al patrimonio natural y cultural de ciertos territorios rurales de Europa como activo esencial para el desarrollo. Su ampliación en 2015 a la red Global Geoparks de UNESCO ha terminado dando a este movimiento una relevancia mundial.
Como consecuencia de la reconfiguración administrativa de la España autonómica, la distribución de competencias entre comunidades, diputaciones, comarcas y municipios en materia de turismo generó un nuevo escenario en el que la Mancomunidad Turística del Maestrazgo perdía buena parte de su sentido. El hecho es que la entidad fue languideciendo hasta que, en 2012, las dos diputaciones provinciales acordaron su disolución por falta de actividad.
Afortunadamente, eso no ha impedido que la sociedad civil de las comarcas de ambos lados hayamos colaborado en la protección de su patrimonio medioambiental y paisajístico. Ese empeño común se ha puesto de manifiesto claramente ante algunas amenazas que en las últimas décadas se han cernido, y se ciernen, sobre estos horizontes. En 2012 hubimos de enfrentarnos a los esperpénticos proyectos de fracking de Montero Energy. En 2021, al infumable clúster eólico de Forestalia y su infraestructura de evacuación hasta Morella. En los últimos años, al enorme impacto ambiental y social que causan la desbocada minería de arcilla y el insufrible tráfico de camiones que produce en las carreteras entre ambas provincias.
Aunque restringido espacialmente a Teruel, el Geoparque del Maestrazgo es en este momento la imagen internacionalmente más visible del rico patrimonio natural de esta singular región. Si hay una entidad oficial que pudiera y debiera abanderar el movimiento social en su defensa, esa es el Geoparque. Si hay una entidad que debiera oponerse razonada y constructivamente a los proyectos que destruyen territorio, esa es el Geoparque.
Pero nuestro Geoparque del Maestrazgo permanece en silencio. Y no es el silencio, discreto pero elocuente, de aquel paisaje que la Mancomunidad Turística reivindicaba. Tampoco es el silencio de quien, confundido, no tiene ni encuentra argumentos para defender lo suyo. Me temo que es el silencio de quien, maniatado, sea bajo imposición externa o por autoimposición, ha de cerrar la boca. Una pena.
José Luis Simón
Alejandro J. Pérez
Colectivo Sollavientos