Hace unos meses, el director en España de CIP, fondo de inversiones danés que compró a Forestalia el clúster eólico del Maestrazgo, se lamentó en una entrevista radiofónica de la falta de «rigor científico» de quienes se oponían a ese proyecto. Es frecuente que quienes promueven grandes proyectos energéticos, industriales o mineros se arroguen el respaldo de la ciencia, se identifiquen a sí mismos como adalides del progreso y vean a los ciudadanos inconformes como ignorantes cavernícolas. Pero, a poco que se ahonde en el contenido de los documentos que forman los expedientes administrativos, se advierte que eso es falso.
A los cientos de páginas que componen habitualmente el estudio de impacto ambiental de un parque eólico o una mina de arcilla en nuestra provincia se contraponen muchas veces decenas de páginas de alegaciones presentadas por alguna organización civil, como el Colectivo Sollavientos o la Plataforma Paisajes de Teruel. Uno y otro documento contienen datos y razonamientos científicos que tratan de sustentar las bondades del proyecto, el primero, y sus debilidades o peligros, el segundo. La diferencia es que, desde hace años, estamos asistiendo a la preocupante costumbre de las empresas promotoras de presentar estudios muy deficientes, hechos con un “copia-y-pega” de otros proyectos previos o elaborados “en gabinete” sin pisar el terreno, que no resisten el más mínimo análisis de calidad. Quienes alegan son, en muchos casos, investigadores competentes del mundo académico que se apoyan en criterios y métodos científicos y en datos reales de campo.
Sonroja leer algunos pasajes de los descuidados informes geológico-mineros que sustentan solicitudes de explotación de arcillas, como el que se acaba de presentar en Valdeconejos y que pretende destruir un paisaje ancestral merecedor de conservación según el propio plan de ordenación urbana del municipio de Escucha. No superaría el aprobado en un trabajo universitario de fin de Grado. Sonroja ver los estudios de impacto ambiental de megaproyectos eólicos de Forestalia, como los del Maestrazgo o Albarracín, que revelan un pobre conocimiento del territorio y un descarado sesgo en los análisis. Sorprende también la permisividad (por no calificarla de connivencia) que la Administración brinda a esas malas prácticas. En las ventanillas donde se presentan las solicitudes debería haber funcionarios con conocimientos adecuados para detectar esas irregularidades y rechazarlas desde el inicio, ahorrando tiempo y recursos a las administraciones públicas, a los ciudadanos interesados y aun a las propias empresas.
Frente a esa flojedad de los estudios técnicos que supuestamente avalan tantas iniciativas “de progreso”, emerge un bien trabado cuerpo de conocimiento que proporciona a las organizaciones en defensa del territorio algo más que argumentos sentimentales. Ese conocimiento ha sido generado o avalado por centenares de científicos de universidades, centros de investigación y sociedades científicas. Ahí está, por ejemplo, el manifiesto que muchos de ellos firmaron en defensa del patrimonio geológico y paisajístico del Maestrazgo y Gúdar, frente al proyecto del clúster eólico. El trabajo científico que hay detrás de los pliegos de alegaciones no se encuentra, en general, publicado. Sin embargo, si algún día se compendia, es probable que adquiera la dimensión de una “enciclopedia ambiental y territorial” de la provincia de Teruel. Sería un buen objeto de estudio para una tesis doctoral.
Las organizaciones que defienden el territorio están ganando la batalla del conocimiento. No estamos ante grupos exaltados que se mueven por visceralidad, por rechazo infundado. No son hippies abducidos por el aroma de las margaritas. Son gente seria, que trabaja desinteresadamente, que se coordina a contrarreloj y, a pesar de ello, analiza los problemas con mucho más rigor que quienes redactan los estudios ambientales al dictado de las empresas. La ciencia está de su parte. La ciencia está de parte del territorio, no de quienes pretenden devastarlo.
Alejandro J. Pérez Cueva
José Luis Simón
Profesores universitarios y miembros del Colectivo Sollavientos