jueves, 19 de diciembre de 2024

DANTE Y KAFKA EN LA ZONA 0




El infierno pasado por fango

Día 29 de octubre, 18 horas de la tarde. Un viento furibundo zarandea los árboles del parque con extrema virulencia. Las ramas, enzarzadas en una monstruosa lucha, crujen y, en cualquier momento, podrían romperse y caer al suelo. Pienso, como decía mi padre, que mientras haga tanto viento no lloverá. Y la verdad es que no llovió ni una gota. Nada en absoluto. Aunque el Destructor del Poyo, desde el medio día, venía haciendo su camino.

18:30 horas. Hay mucho ajetreo en la escalera. Alarmados, bajamos al patio. Unos cuantos vecinos están contemplando cómo el cruce de calles se ha convertido en un torrente de agua, que crece a la velocidad del rayo, que irrumpe en el patio, que romperá la puerta del garaje y, poco a poco, ira subiendo por las escaleras, haciéndonos retroceder y preguntarnos cuándo se detendrá.

18:55 horas. Desde un balcón próximo graban el salvamento de varios conductores, atrapados en sus coches en esta encrucijada de la Partida del Divendres. Poco después, esos mismos jóvenes logran meter en nuestro patio a una mujer, con la cara descompuesta, a la que han rescatado de la barrancada. Le han salvado la vida. Varias vecinas le ayudan a cambiarse de ropa y, luego, María la sube a casa, donde pasará la noche, angustiada por lo que haya podido pasar a sus compañeras de trabajo.

El nivel del agua sube. En una esquina, ha quedado atrapado un coche entre un naranjo y la pared. Por él y con ayuda de una escalera y cuerdas podrán zafarse varias personas. Todos los vecinos que miran desde sus ventanas tienen el corazón en un puño, contienen la respiración y, con toda seguridad, hacen fuerza inconscientemente para evitar que se caigan y sean arrastrados por el torrente. 

19:59 horas. He subido a casa para llamar a mis hijas que están nerviosas y quieren imágenes que les den certeza de que estamos bien. No las consigo, pese a que he tratado de mostrar el parque donde el agua está más remansada. Veo ahora en la primera fotografía que, en primer plano, hay un par de vecinos, con el agua por los hombros, que examinan los coches, cuyos circuitos han hecho contacto y pitan y parpadean como en una escena de cine de terror, mientras por la calle de san Juan bajan, como submarinos con los periscopios al aire, contenedores de todos los colores y funciones. 

20:13 horas. En los bolsillos gruñen extrañas chicharras. Cuando echamos la mano al móvil y vemos que se trata de un mensaje de alerta, a estas horas, nos miramos sin nada que añadir. La rabia y el resentimiento aún no han podido abrirse camino, ante la imperiosa necesidad de ayudar, de llamar a familiares, de saber cómo y dónde se encuentran. Estamos demasiado aturdidos y si ahora puedo identificar las horas y los minutos es porque han quedado grabados en imágenes datadas (Pienso que del mismo modo habrán quedado registradas todas las llamadas telefónicas y los números con los que se han comunicado, aunque fuera entre las 13 y las 17 horas de la tarde). 

Nos subimos otra vez a casa. Al poco, tocan el timbre. Un vecino del primer piso me pregunta si tengo una soga: “¿Una soga? No, no”. Me dice que están intentando rescatar a una mujer desde su balcón y bajo con él. Me dan una linterna para que enfoque, mientras otros vecinos le lanzan una cadena de sábanas. ¡Más sábanas, más sábanas! Y se hace otra cuerda para crear más probabilidades de ayuda. Durante un buen rato, animamos a la mujer para que trate de atarse a ellas. La brutal corriente la baquetea de un lado a otro y no le permite resguardase en la pared y atarse a las sábanas. En las películas todo es más fácil. Al lado, revienta una persiana del garaje. Ella con asombrosa entereza, se aproxima una y otra vez a la pared. El 112 debe estar colapsado. Nadie contesta. Todas las llamadas de socorro son inútiles. Intentamos alzarla. “Apóyate con los pies en la pared” le señala alguien y ella lo intenta. Vemos su esfuerzo y parece que va a conseguirlo, que vamos a conseguirlo... De pronto, se rompe la cuerda y nos quedamos mudos. Trata de nadar, bracea para acercarse a la otra orilla. La corriente central es tan fuerte que se apodera de ella como un tornado, aunque sigue moviendo los brazos y ladeando la cabeza con fuerza. Durante unos segundos, la miramos; le vemos la cara; deseamos que pueda escapar a esta terrible y espantosa furia. Vencidos e impotentes, cada uno regresa a su casa en silencio. Desde cada ventana, miramos los coches acelerados, los contenedores, las neveras... Rogamos que no choque con ninguno de estos objetos. Esa cara no se nos olvidará jamás. Y sabemos que esto les habrá ocurrido a muchas otras personas en ese infierno horroroso y terrible de la zona 0 ¡Que noche para insomnes! 

El amanecer tampoco será radiante. Hacia las 4 o las 5 de la mañana del día 30, oigo unas voces. Todos las oímos y nos asomamos a las ventanas: “¡Daviddd, Mareeee!” Varias personas, con palos para tantear el suelo, buscan a sus familiares. Una hora después regresan por el mismo camino y con las mismas voces…, con la misma esperanza indomable. ¡Ojalá David y la Mare todavía se cuenten entre los vivos!


Kafka en la zona 0

Desde esas primeras horas de la mañana del día 30 hasta hoy (día 19 de noviembre), no es Dante quien ha imaginado lo que nos pasa sino Kafka. Como este año se ha celebrado el centenario de su muerte, he releído El Castillo y he leído por primera vez El buitre. En la novela todos los intentos del protagonista por conocer al dueño del castillo son infructuosos. No hay nadie al mando. El sistema funciona perfectamente para sostenerse a sí mismo, los protocolos están bien engrasados, pero el gobierno es una oquedad sin nombre, un socavón abismal, sin presencia alguna, mientras sobre las murallas vuelan las cornejas. 

En el cuento El buitre, un ave rapaz y carroñera, picotea persistentemente los pies de una persona viva, indefensa, para devorarla, pero acabará ahogado en la sangre que “llenaba todas las profundidades y desbordaba todos los diques”.

Quienes vivimos en la zona 0 sabemos lo que es la desorganización y agitarnos como pollo sin cabeza. Lo que más me ha sorprendido es que también lo están viviendo las personas que han venido a echar una mano, sean voluntarios individuales o agrupados o sean miembros de los distintos cuerpos y uniformes que han pasado por aquí. Desorganización es el nombre del buitre. ¡Perdón!: desorganización organizada. De arriba a abajo, me decía alguien de protección civil, anteayer; ¡Que llevamos 16 días en medio del fango¡ gritaba una mujer desesperada a unos policías, venidos de lejos, que les impedían sacar el fango y amontonarlo en la calle, por orden municipal. Vemos pasar camiones, cubas, zapadores, infantería. policías, guardias civiles, miembros de protección civil, bomberos de aquí y de allá. ¡Gracias a todos ellos por su inmenso trabajo! ¡Que sería de nosotros todavía hoy sin sus máquinas, sus palas y cepillos, sin su voluntad de cambiar esta situación, sin su coraje! 

En la última semana, hemos visto desaparecer mucha de esta ayuda. Las romerías de voluntarios ya no se han manifestado ni siquiera en el fin de semana. Es posible que hayan ido a otros pueblos, ahora que son más fáciles los desplazamientos. Pero también que se haya agotado el filón. En los últimos tres días, hemos visto pasar por la puerta de la calle de nuestro patio, y supongo que algo similar sucede en todos los demás y en todos los pueblos de la zona 0, cuatro o cinco tipos de uniformes cada día, que escuchan atentamente y nos hablan con gran amabilidad, que nos dicen volveremos, mañana a las 8 estamos aquí, demain, tomorrow, y o bien mañana no llega nunca o quienes vuelven no disponen de las bombas potentes que se precisan para sacar fango y coches de los sótanos y garajes ¡Cuánto esfuerzo improductivo! Hemos solicitado ayuda al Ayuntamiento o al supuesto Centro de Mando que está en la zona de Ikea. Se han tomado nota. Esperen, tengan paciencia, vamos a contratar máquinas.  En redes se ha puesto en marcha la organización de una protesta en el Ayuntamiento y, ¡oh milagro!, nuestro alcalde ha emitido una grabación por primera vez. ¿Nadie del ayuntamiento tenía autoridad y capacidad para dirigirse al vecindario en tantos días? ¿De verdad? ¿Nadie? ¿Todos se sentían desbordados por la situación?

Seguimos sin entender cuál es la lógica del plan y sospechamos que no hay plan. Dicen que Valencia seguirá siendo la tierra de las flores; que el pueblo volverá a estar como antes. Menos retórica, por favor. Hasta los niños y niñas se han hecho adultos en estos días. La esperanza se transmite de otra forma: con transparencia, cercanía y comunicación constante. Aquí seguimos, con paciencia, por supuesto, y con esperanza; pero no queremos hacerlo como quien espera a Godot.


Del covid 19 a la dana 24

Decía en el Parlament el presidente de nuestra Comunidad que ha aprendido las lecciones de la dana. Me he preguntado inmediatamente qué lecciones aprendió de la experiencia reciente del covid. Ese fue un momento para aprender mucho sobre logística pública para emergencias; logística para lo imprevisible, para la incertidumbre radical de la época en que hemos entrado. Hubo muchas voces que señalaron este cambio e insistieron en la necesidad de adoptar medidas para lo imprevisible. No hay constancia, en el tiempo que lleva al frente del gobierno, de que tomara nota de esas reflexiones y consejos, sino todo lo contrario.

Las catástrofes extremas –sea en forma de incendios de sexta generación, de pandemias, de cataclismos climáticos- no son una novedad de 2024. Los motivos para aprender eran evidentes y a los cargos políticos se debería llegar “aprendido”. 

Lamentablemente continuará.


Antonio Ariño Villarroya

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