martes, 30 de junio de 2026

UN SÁBADO, VÍSPERA DEL VERANO EN UN TILAR





A la hora convenida, ante la ermita barroca de La Zarza, nos vamos congregando Javier, José Luis, M.ª Jesús, Ángel y Gonçal. Se agrega Ramiro, de Cobatillas, antiguo miembro de Sollavientos. 



En dos coches enfilamos las cuestas de la carretera de Pitarque , que está como un cromo, recién asfaltada en el tramo más próximo a Aliaga. Alcanzada La Lastra, a la izquierda, hay un desvío inmediato a una pista que nos acercará en breve a nuestro objetivo. Se observan unos vestigios constructivos de la Guerra Civil, que fue militar como todas.

Paramos encima del Tilar del Collado Alto, una bella franja de singularidad botánica, con vegetación atlántica rodeada de vegetación mediterránea y enfrentada en la solana a un área de sabinas y enebros. La mañana es calurosa, pero el aire, la distracción y la compañía nos aíslan del termómetro. Buscamos un punto de descenso para darnos el baño de bosque entre los tilos (algunos saxátiles, literalmente encastrados en grietas de la roca en la riscla de la parte superior), que destacan por un tono glauco, con las motas blancas de las flores, junto a los avellanos, arces  campestres,  arces opalus y mostajos, de un verde más oscuro. Infinidad de mariposillas se refugian en el frescor del sotobosque. Identificamos el Viburnum (mentironera) con sus corimbos ya fructificados… Vamos avanzando hacia el extremo occidental y descendiendo los 50 m de anchura del tilar, que se alarga unos 600 m. En la parte inferior se aprecian antiguos bancales en grada abandonados. Y algo más abajo, la masada en ruinas del Collao de la Tejeta, de los antepasados de nuestra nueva compañera Ana I. Navarro.

¿Por qué existe este paraje tan especial? Pues porque lo ha favorecido la geología de un suave anticlinal calizo con una orientación ideal Este – Oeste (una umbría ideal).


Salimos del bosquecillo y subimos al Collado Alto donde nos observan unas vacas muy poco estresadas, como suelen ser las extensivas. Aprendemos lo que era una teñada (habitáculo independiente para el pastor, adjunto al pajar para dormir, en la parte superior de la masada). Trago de la cantimplora y pasos hacia el O. para hacer observaciones paisajísticas y geológicas y el avance de los eólicos de la sierra de San Just, y situarnos después, mirando al N encima del pantano colmatado, la carcasa ruinosa de la vieja Central Térmica y la barriada de las familias trabajadoras de La Aldehuela, que a alguno le trae muchos recuerdos, y expone parte.

Deshacemos el camino y nos dirigimos al curioso restaurante de La Parra, en el pueblo, antiguo palacete de reunión de jerifaltes de la empresa de las minas y las industrias locales, donde se come abundante y, en opinión general, bien. Se nos une a la mesa Ana, su pareja y su ahijada. A zampar y a charrar: memoria histórica local familiar, el eclipse que viene, los quitamiedos bionda… “Jesús tráenos otra botella de vino…”.


En la sobremesa tendremos nuestra asamblea presencial anual en la terraza del bar de la piscina. Punto.


Gonzalo Tena

Colectivo Sollavientos


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