Cuando el viajero alcanza el puerto de San Just, dirección Teruel, tras dejar la encosterada ladera y los túneles carreteros de la N-420, se asoma a un pequeño valle que suele pasar desapercibido: la val de Conejos. Distraído por la permanente agitación de los aerogeneradores de las crestas de la Muela y por la discreta belleza de la estación del inconcluso ferrocarril Alcañiz-Teruel, se le escapará de la vista uno de los paisajes másarmoniosos y mejor conservados del Teruel interior.
Este valle de suave relieve se encaja entre unas durísimas calizas que forman un paisaje de lomas rasas y muelas, unas parameras que son el hábitat del rocín y de otras especies propias de las estepas magrebíes. Entre ambas lomas afloran arcillas y arenas, unos materiales apropiados para el cultivo. Tierras altas y frescas, de cosecha tardía, más segura, en el incierto clima de la montaña mediterránea.
Los antiguos labradores resolvieron sabiamente esta incertidumbre abancalando las laderas, rompiendo la pendiente, para favorecer la infiltración del agua de lluvia y conservar el frágil suelo, el capital. En los ribazos permitieron el desarrollo de vizcoderas y galabarderas, con el fin de estabilizar los taludes y de ofrecer ramón a sus ovejas, el motor económico de estas sierras desde el siglo XIII hasta la irrupción de la minería del carbón. Kilómetros de setos arbustivos se alinean en las laderas, ofreciendo hábitat a plantas, insectos y a otros animales, como el alcaudón dorsirrojo, más propios de las campiñas de la Europa atlántica. Los bancales, tan estrechos que les viene justo para entrar las cosechadoras, siguen sembrados de cereal y pipirigallo. Este conjunto de setos y terrazas es un paisaje tradicional vivo, representativo del perdido hace décadas en casi todas estas montañas.
En el fondo de valle, el arroyo de Medel se alimenta de la descarga regular de los pequeños acuíferos formados entre las arenas y las arcillas. Tal es la humedad que, pese a su corto recorrido, permite el desarrollo de un frondoso bosque de ribera con casi novecientos chopos y sauces cabeceros. Unos árboles cuyas ramas, regularmente cortadas, ofrecieron madera de obra para construir viviendas, pajares y parideras en una amplia contornada, tras la deforestación asociada a la economía ganadera. Unos árboles que fueron un recurso en la economía de las familias de labradores. Y también la base de una cultura, aún viva, declarada Bien de Interés Cultural Inmaterial por el Gobierno de Aragón. Estos árboles, tan robustos como veteranos, ofrecen alimento, refugio y vivienda a multitud de organismos, desde escarabajos especialistas a las águilas calzada o culebrera. Este paisaje agrario, de enorme belleza, que identifica a la cordillera Ibérica y que resulta único en Europa, fue el motivo de la celebración de la III Fiesta del Chopo Cabecero en 2011. El arroyo de Medel, tras ocho kilómetros de andadura, termina internándose en un hocino, otro paisaje espectacular, para alimentar al río Sargal, el refugio de una de las últimas poblaciones de cangrejo de río ibérico.Extensas parameras, verticales cinglos, un oasis de chopos cabeceros, praderas naturales y cultivadas, terrazas con setos arbustivos, un río limpio y vivo, parideras y balsas ganaderas forman un conjunto de paisajes y agroecosistemas seriamente amenazado.
Un proyecto de mina a cielo abierto pretende explotar durante treinta años, si no son más, las arenas y las arcillas de la cabecera del valle para alimentar a la insaciable industria cerámica de Castellón. Otro rincón de Teruel que puede ser sacrificado para beneficio de otras tierras. Otra vez más. Valdeconejos ya ha cubierto con creces su aportación a la economía extractivista actual con su parque eólico. El territorio de las Cuencas Mineras, hace décadas. Ya ha se han reventado demasiados montes y valles, uno de sus valles más hermosos.
Chabier de Jaime Lorén
Ángel Marco Barea
(Colectivo Sollavientos)
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