lunes, 4 de junio de 2018

SERIE MET I: Cuando la energía se nos fue


Aliaga, Molino Alto. Autor: Gonzalo Tena 

Las fuentes de energía usadas a lo largo de la historia han condicionado fuertemente la economía y la organización social. Leña, caballerías,fuerza hidráulica, carbón, petróleo, gas, nuclear, renovables… detrás de cada una de ellas hay una sociedad diferente, con estructuras demográficas y socio-económicas distintas. Hagamos un viaje atrás en la historia energética de Teruel.
La provincia es hoy importante productora y exportadora neta de energía eléctrica. Su mayor activo ha sido durante décadas el carbón. Sólo la central térmica de Andorra ha venido produciendo anualmente entre 3000 y 6000 millones de kwh, que representan entre 3 y 7 veces el consumo de toda la provincia. Hace poco funcionaba también la central de Escucha, y tiempo atrás ambas llegaron a coexistir (1981-1982) con la de Aliaga. Ahora se suma la electricidad de origen eólico y solar, generando una savia energética que fluye hacia los cuatro puntos cardinales a través de la moderna red de alta tensión.
La electricidad tiene eso: se transporta con facilidad desde cualquier productor a cualquier consumidor lejano. La minería del carbón, las centrales eléctricas, la instalación de parques eólicos y solares crean empleo en Teruel, pero ¿cuánto se crearía si esa misma energía se consumiera en industrias locales, por ejemplo cerámicas? ¿Qué ocurriría si la arcilla no saliera de Teruel levantando polvo en camiones sino transformada en baldosas? Hace tanto tiempo que nuestra provincia produce energía y materias primas para la industria foránea que quizá no concebimos otro modelo energético y económico.
Durante la primera mitad del siglo XX la irrupción de la hidroeléctrica dinamizó algunas zonas productoras, donde su precio era más barato, propiciando el nacimiento de núcleos industriales como Sabiñánigo. La termoeléctrica podría haber tenido ese mismo efecto en Teruel y Bajo Aragón, con la apertura de las centrales de Aliaga y Escatrón en 1950 y 1952, respectivamente. Pero el decreto de unificación de tarifas eléctricas (1953) paralizó esa oportunidad: la electricidad pasó a costar lo mismo independientemente de la distancia de transporte, lo que propició que el desarrollo industrial se concentrase en polos económicos más activos y mejor comunicados. 
Algo parecido había ocurrido ya a comienzos de siglo, antes de la electrificación de la industria. El lignito turolense entró como combustible en las manufacturas zaragozanas tras la construcción del ferrocarril Utrillas-Zaragoza en 1904 y el consiguiente abaratamiento del coste de transporte. Casi simultáneamente, en 1907, el ferrocarril minero de Ojos Negros comenzaba a llevar mineral de hierro a Sagunto (primero para su embarque y, a partir de 1917, para alimentar los altos hornos). Se esfumaba así la posibilidad de una imaginada siderurgia turolense. El ingeniero Carlos Mendizábal decía aún en 1918 que “el país que reúne una cosa y otra (hierro y carbón), como en Teruel ocurre, es país destinado por la Naturaleza para la producción de aceros”; no fue el caso.
¿Y antes de todo eso? Durante el siglo XVIII y comienzos del XIX los combustibles habituales en metalurgia o cerámica eran la leña y el carbón vegetal; el uso del carbón de piedra era sólo incipiente. Entre 1798 y 1821 funcionó en Utrillas una Real Fábrica de vidrio que aprovechaba el lignito y las arenas de la zona; fue un intento loable de los ilustrados por valorizar los recursos naturales endógenos, pero no llegó a cuajar. Más embrionario era aun el uso de carbón para mover máquinas de vapor industriales, pero sí proliferaban ciertos ingenios tecnológicos movidos por agua. La energía hidráulica se usaba in situ para mover batanes, martinetes, hiladoras, telares, turbinas o molinos papeleros, igual que desde época romana venía moviendo norias y molinos de harina. Esa fuerza motriz no se podía transportar ni por cables ni en tren; había que aprovecharla cerca del río. Florecieron así industrias importantes en comarcas como el Maestrazgo o el Matarraña, hoy apartadas de los circuitos productivos globalizados. Beceite llegó a tener nueve fábricas de papel; en Villarluengo se instaló en 1789 la primera papelera moderna de papel continuo, que un siglo después se transformó en industria textil; había hilaturas y telares en PitarqueVillarroya, Cantavieja, La Iglesuela, Castellote,  Allepuz o Mirambel. No importaban tanto las comunicaciones, los mercados o las sinergias empresariales, factores que hoy dibujan el mapa de las economías de escala. Los requisitos para la industrialización eran sencillos: un caudal de agua y un relieve abrupto por donde conducirlo a saltos. Aguas con fuerza había en esas comarcas(y también mano de obra disponible, sobre todo en el letargo agrícola invernal) lo que hizo de ellas un relevante ‘polo industrial’ que llegó a ocupar a casi una cuarta parte de la población activa. Es difícil imaginarlo ahora, pero fue.

José Luis Simón Gómez

Colectivo Sollavientos

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