martes, 3 de marzo de 2020

TIERRAS MUERTAS; MENTES AVARAS






Hagan la prueba. Les llevará solo unos días. La España interior vista desde la literatura, los documentales, las películas, los versos y las canciones. Espacios infinitos, la paramera donde nadie se halla, el silencio, el abandono, la falta de comunicaciones, la soledad, la belleza siempre alrededor de metáforas comunes puestas a punto por miles y miles de escritores que fuimos y somos. Ah, se me olvidaba, y la puñetera despoblación acompañando siempre a todo lo que tenga que ver con lo rural.
Esos campos infinitos, ese deambular de bancales labrados o yermos, de pinares irredentos o sedientos, de caminos con mácula de tractor o cosechadora, ese territorio para tantos baldíos que no encuentra su sitio a los ojos de un espectador inexperto pero, desgraciadamente, mayoritario.
En el siglo XIX los liberales, en su empeño de modernizar España y, de paso, cambiar las tornas y hacerse los dueños y señores, viajaban y veían los campos de una manera similar (salvando las distancias espacio-temporales). Para aquellos “modernizadores” del agro, los inmensos vacíos eran considerados tierras muertas. Y aquellas tierras muertas había que (Dios me perdone por la expresión) “ponerlas en valor”. Ellos sabían perfectamente quiénes eran los propietarios y el negocio que se llevaban entre manos : pasar del vasallaje a la peonada y el respeto al amo. La tierra era valor seguro y en una España agraria el poder pasaba por su posesión. Aquellos hombres, que la historia nos muestra con su traje de domingo y su avaricia emprendedora, supieron jugar sus cartas y, lejos de “poner en valor” todo lo que tocaban, se quedaron por decreto con las tierras comunales. El valor de todos se convirtió en negocio de unos pocos, y no estamos hablando de salvar bancos. De la noche a la mañana las tierras muertas engrosaron las pertenencias de oligarcas y solo en determinadas zonas de España donde la propiedad, los minifundios y los concejos eran lo suficientemente organizados y diversos no se cayó en la explotación colonialista. A los concejos les robaron una de sus razones de ser: la tierra común, la de todos.
Hoy, muchos de los que recorren nuestras carreteras observan el paisaje eterno pero creen que no es de nadie. O que es de todos, que al fin y al cabo no deja de ser lo mismo. Así pues, los herederos de aquellos liberales emprendedores de salón ven el territorio como tierra ignota que poner en valor. Y los híbridos urbano-rurales que habitamos aquellas tierras, alejados del campesinado que besaba la tierra que tanto dolía, asumimos el pan para hoy porque no hay discurso político y social capaz de, por el momento, vencer toda esta oleada neoliberal avara y perversa.
En el mundo del valor y del mercado todos queremos más. Una herencia hoy es una carga, salvo que tu pueblo esté lo suficientemente cerca de un centro urbano y la especulación te haga rico un buen día. O salvo que un gigante quijotesco que produce energía se asiente en tu bancal yermo y te hagan creer que eres miembro del consejo de una gran multinacional eléctrica. Lo que está claro es que esos ojos que miran el paisaje como sitio donde hacer son incapaces de ver los siglos de sus surcos, los animales escondidos, las aves, el vecino con su bastón o la épica de la resistencia.
Hoy son molinos donde hay paisaje y valores que se venden y compran. Mañana será una cuadrícula trazada con escuadra y cartabón en un ordenador último modelo de unas oficinas capitalinas. Cada pueblo tendrá su propio Congreso de Viena a quien reclamar si es que puede. Y cuando en las colonias interiores no haya aborígenes suficientes con los que parlamentar, las mentes avaras que no ven más allá de sus mapas de colores y sus nombres en inglés sabrán que habrán triunfado de nuevo. Porque saben que el viento corre de su parte y que se suele vencer más por agotamiento que por convencimiento. Pero, ¡ojo!, el convencimiento también puede ser un arma poderosa cuando las gentes que no reblan sepan que, detrás del paisaje y de la tierra, hay voces que cantan también que otros futuros son perfectamente posibles en éste. No queda sino batirnos.


Víctor Manuel Guiu Aguilar
 Colectivo Sollavientos



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